Estaba esperando mi tren. Sentado en aquel aislado banco del andén del fin del mundo. El viento soplaba con fuerza y silbaba con desenfreno al meterse por los huecos que había entre los cientos de herrajes oxidados de la apocalíptica escena. Mi larga barba renunciaba a resistirse y se iba en la misma dirección de la gran veleta con forma de calavera. Me tocaba compulsivamente la cara con mis agrietadas manos, y rascaba mis caídos y jadeantes ojos. El corazón me latía con potencia. No dudé; saqué un cigarrillo, lo posé suavemente en mis labios, prendí su condición y aspiré con fuerza el fatal humo gris. Nadie me enseñó a fumar; tampoco me enseñaron a ser paciente. No me enseñaron nada, lo aprendí casi todo solo. Acomodé mi culo y empecé a pensar en la vida, en la fatalidad, en la muerte y en la posibilidad de administrar mejor mi suerte. Las imágenes eran invasoras: borradores de una vida pasada, en la cual, todo era igual de mejorable que el momento fugaz en el que me hallaba. Mi sino era pretender perfeccionar lo imposible y no morir en el intento. “La muerte puede ser un enorme dedo entrando en tu orondo culo o un taladro diseñado para realizar lobotomías”, me decía sin venir a cuento. Esperando mi tren y pensando mientras fumaba.
Lo cierto es que mi devenir era un despropósito, de hecho, muchas veces imaginé mi foto ocupando un hueco en los diccionarios, bajo la definición de despropósito. Aunque, por otro lado, muchos sentían envidia al pensar en mí, pese a mi disparatada existencia alocada y creativa. “¡Malditos desgraciados! ¡VIVIR VUESTRA VIDA!”. Yo solo quería lo de siempre: huir y una cerveza fría. Sin pensar en nadie, sin cargar con nada, sin ganas de desgana y con ganas de ganar; con hambre de éxitos internos y sin afán de populismo; sin desenfreno pero con velocidad constante: a mi ritmo y con brillo en el alma. Poseía aptitudes y tenía la actitud necesaria. “¡Joderos!”, pensé. Mi camino no conducía a ninguna parte, pero mi esencia era necesaria para abrir nuevas sendas. No quería descubrir nada nuevo, nada. Mi horizonte se dibujaba con los colores de la locura más descocada. Esperando un tren que no llegaba y desvariando: así estaba.
Entonces, sonó un fuerte pitido y la silueta del toro de hierro irrumpió en la postal melancólica en la que me encontraba atrapado. Ya no podía dar marcha atrás, y así fue, cogí mi mochila, apuré el cigarro y lancé la colilla al aire antes de subir las pequeñas escaleras metálicas. Por fin pisaba el suelo del ansiado tren. Acomodé mi trasero en el asiento, saqué un libro y bajé la ventanilla. Esperando un improvisado destino y sentado en un vagón vacío. El viento soplaba con fuerza, pero me daba igual, pues mi barba reposaba tranquila allí dentro. Me sentía como un tiburón de tierra: necesitaba movimiento para vivir. No pensaba en mi futuro, solo me guiaba por mi instinto. Sin rumbo fijo, sin un destino marcado: donde ponía el ojo plantaba el huevo.
“La vida es la mayor maravilla, y de ella se alimenta la muerte, que nada más necesita”.
rematarme al final con esto “La vida es la mayor maravilla, y de ella se alimenta la muerte, que nada más necesita”. te doy las gracias por esto y por lo que escribiste en mi blog (de letrista-vocalista a letrista-vocalista)
ResponderSuprimirGracias a ti. Un besazo, artistaza.
SuprimirSe dice que el tiempo pone a cada uno en su sitio, pero hay quien necesita más tiempo del que ofrece una vida para encontrar ese sitio. Buen trabajo, Dany. Un abrazo.
ResponderSuprimir(Gracias por el enlace, yo he hecho lo propio)
Ya te digo, los hay que necesitan varias vidas.
SuprimirSomos lo que tenemos. Un abrazo.
Muy bueno, men.
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