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El virus de la ironía...

domingo, 5 de febrero de 2012

Título velado



     Otra vez intentaba buscar las palabras adecuadas sin darme cuenta del error: las frases estaban en mi cabeza, solo tenía que dejarlas fluir. Quería agradar escribiendo basura para mis lectores, pero, ¡joder!, si mi primer lector era yo ¿para qué agradar si no era necesario? No sé, supongo que eran locuras de un escritor perdido en la niebla.  Según pensaba estos términos tuve que bajar al piso de abajo a por una cerveza negra; mi ansiedad me desbordaba. “¡Maldita sea! Necesito ausentarme de la realidad”, me dije. Levanté mis posaderas de la silla cutre en la  que descansaba y, de pronto, sonó aquella canción cargada de recuerdos inútiles. Empecé a mover el cuello instintivamente y mis ojos, en el acto, se cargaron de lágrimas. No llegué a llorar, simplemente me hundí en el interior de una absurda trampa melancólica. Me encantaba -y encanta- caer en la tristeza; supongo que era -y es- mi forma de canalizar los pensamientos hasta el papel. Y lo triste es que así empezó todo, a través de la cruda realidad de mi vida y de esa extraña necesidad de escribir miserias propias. Pero bueno, el día debía continuar de una manera o de otra. Al bajar encendí las luces del porche, dado que a mis vecinos no les agradaban las penumbras del anochecer. Cogí la cerveza, un vaso y volví a mi cargada  buhardilla como una rata de laboratorio. Mi paso por el planeta era un experimento de mal gusto.
     Pensaba y saboreaba aquella cerveza negra como si fuese la última del planeta, mientras, ponía aquel tema una y otra vez. Era igual que un chute de heroína: cuanto más lo escuchaba más lo deseaba volver a sentir; lo percibía y acortaba mi vida cuatro minutos y cuarenta y seis segundos. Supongo que mi existencia estaba basada en estar jodido emocionalmente, de no ser así, nada de lo que me ocurría tendría una explicación lógica. El calor empezaba a conquistar mi cuerpo de una manera sutil y agradable. Las palabras, antes descolocadas, se iban ligando y juntando entre sí de una manera natural y espontanea. El viaje estaba comenzando. Cada sorbo me alejaba, más y más, del jodido mundo que habitaba, y cuando me quise dar cuenta había seis botellas vacías sobre el minúsculo tablón con patas  en el que escribía. Volví a una idealizada realidad en la que sonaba otra canción atrapante y catalizadora de emociones tristes, ralas, taciturnas y embaucadoras; todo mi ser era una sugestión dirigida hacia las ensoñaciones forzadas. Era la espiral de un escritor en vías de extinción: el libre pensador ácrata y caga-letras. Escuchaba música rock, bebía, olía a grasa de bisagras y escribía en compañía de dos perros adorables y una gata negra. Mi manera de ganarme la vida era incierta, pero gracias a mis conocimientos podía dedicarme al mantenimiento de edificios y otros trabajos duros con los que machacar mis manos. Pero ningún plan me duraba demasiado. Llevaba años pidiéndome un cambio de rumbo, y sin darme cuenta mi vida cambiaba de ciclos sin avisar. Me obcecaba en no ver, mientras, las diapositivas pasaban a una velocidad de vértigo. Mi terquedad me impulsaba, una y otra vez, a golpear mi cráneo contra el muro gris de los lamentos olvidados. Entre medias de mis martirizadoras desventuras escribía sin parar; no me importaba nada, escribía poemas, ensayos, relatos, novelas, teatro y reflexiones. Cualquier rato era bueno para echar una cerveza al cuerpo y escribir en estado de relajación espiritual. Aunque una cosa estaba clara: la vida no respetaba –ni respeta- a nadie, y eso es un maldito hecho eficaz y rutinario que nos aleja de los sueños. Sin embargo, el estiércol del subsistir me hacía crecer como escritor; y cómo me solía decir, “el hecho de crecer es una acción subjetiva que siempre está sujeta a la crítica feroz e inhumana”. Muchos eran los audaces gilipollas que decían cosas oscuras y feas sobre mí: “Es un tipo raro”; “No es trigo limpio”; “El mundo no gira a su alrededor”; “Es mediocre y simple”; “No sabe escribir”. Lo cierto es que estaba aislado de la sociedad por puro placer, pues el rumbo social me daba absolutamente igual. Estaba harto de los gafa-pastas, de los intelectuales autoproclamados, de mi hermano el ególatra, de los familiares absurdos, de las imposiciones tontas, del libre mercado, del trabajo por dinero, de las buenas palabras, de las obligaciones, de los amigos, de la vida y de todo aquello que tenía un color claro y hortera. Mi vida se basaba en la búsqueda de palabras y en el disfrute de aquello que no pide nada a cambio.
    Tras un lapso viajando por mi interior surrealista volví a la realidad. La banda había cambiado, sonaba un tema mucho más animado, aun así, la buena música me transportaba al mundo melancólico de la imaginación obligada y confusa. Eché mis manos a la cabeza, toqué mi cara, observé el vaso vacío y seguí tecleando palabras.

    “Cogí un borrador y eliminé la línea que separaba el amor del odio. Desde entonces el mundo no vale nada”. 

     Los escritores malditos son las sobras de un banquete literario. Y son muchas las personas que se alimentan a base de migajas. De hecho, el mundo se alimenta con fragmentos y partículas de algo mayor.
     La calidad es mentira y lo brillante se oculta bajo la mugre de una sociedad repleta de ratas.

    J. Daniel Aragonés Cuesta

10 comentarios:

  1. Me gusta como escribes.
    Un saludo.

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    1. Gracias, Sara. EWs un verdadero placer.
      UN saludo muy grande.

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  2. Los caminos de la palabra son inescrutables. ¡Buena pluma, Dany!

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  3. Muy interesante tu texto, me gusta como escribes.Gracias Dany por tu visita y por tu comentario.te envío un cordial saludo deseándote un buen día.

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    1. Gracias a ti. Espero que pases buena semana.

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  4. Está claro que uno tiene que escribir en primer lugar para si mismo, qué absurdo el escribir para agradar al resto.

    Quién dice si uno es maldito o no?...¿Un bendito? Maldita sean los clichés...y los benditos también.

    Saludos.

    P.d: En cuanto a mujeres está claro que para mí las morenas, pero con las cervezas rubitas todas.

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    1. Benditos los malditos etiquetados, y los benditos y las cervezas multicolor doble-malta... y los acróbatas de la palabra.

      Un saludo. Yo también prefiero las rubias cervezas.

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  5. Muy bueno, en especial, la parte de las cervezas; queda muy real e imaginativo. No sé, es bueno.

    Un saludo.

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    1. Gracias anónimo, eres un amigo... jajajajajaja... puede que hasta imaginario y todo.

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