martes, 15 de agosto de 2017

Bucles de baño








Cierro las cortinas de la bañera. Abro el grifo. El agua caliente emerge con fuerza en apenas treinta segundos. Acciono la válvula que envía el agua al teléfono de la ducha, cierro los ojos y me dejo llevar. El vapor se condensa formando una nube blanquecina. Sin necesidad de verlo, siento cómo se expande.
    Veinte minutos más tarde cierro el grifo.
    Abro los ojos. La sensación es extraña.
    Inmediatamente, corro las cortinas de flores y observo. Mi baño ya no es el mismo. Sé que suena raro. Increíble, diría. La taza del váter mide más de dos metros y tiene unas escalerillas para subir al tabloncillo. La cisterna parece un aljibe.
    Busco la toalla, pero nada, ni rastro.
    El mueble del lavabo tiene otras escalerillas, con barandilla incluida, plateada, brillante.
    Sentada en la enorme taza hay una mujer desnuda. En sus manos, un gigantesco periódico con las páginas transparentes. Sonríe al verme, parece no impactarle mi presencia.
    —¡PERDONA! —grito desde la bañera.
    —¡No hay nada que perdonar! —exclama ella.
    —¿DÓNDE ESTAMOS?
    —TÚ SIGUES EN LA BAÑERA DE TU CASA.
    No sé por qué nos gritamos.
    La mujer agarra un trozo de papel higiénico y se limpia. Baja por las escalerillas. Deja el periódico en el suelo. Me mira.
    —¿Y dónde estás tú? —pregunto.
    —Es una historia un tanto surrealista. —Me mira y sonríe—. No me apetece contártela. De momento prefiero guardar silencio.
    Me quedo pensativo un instante.
    —Me estaba duchando… —digo, intentando explicarme.
    Ella me corta:
    —Ya bueno, y a mí me gusta andar desnuda por mi casa y tal.
    —¿Por eso estás desnuda? Significa que estoy en tu casa, ¿no? Es eso, tiene que ser eso. Un agujero de gusano o algo similar. Un portal cósmico —expongo.
    —Yo estaba en mi casa. Me hacía pis. —Me mira el pecho. Los brazos. La entrepierna—. Y ahora no estoy en mi casa, ¿vale? Así de chungo.
    —¿Y yo sí lo estoy?
    —No, tú sigues en la tuya.
    —A eso me refería.
    —Entonces sí, claro.
    —¿Qué pasa si salgo de la bañera?
    —Si se parece a lo mío, ya no podrás volver.
    Ni me lo pienso. Planto un pie en el inusual y sobredimensionado baño e intento saltar el borde de la bañera.
    —¡Al infierno con todo! —exclamo.
    Con su ayuda, logro posar ambos pies en el excepcional baño. Al mismo tiempo, mi bañera desaparece de la escena como por arte de magia. Se desvanece. En su lugar, un enorme plato de ducha diáfano. Carente de grifo. Con los bordes metálicos. Sin azulejos.
    —Te lo dije. Ya no podrás volver —dice ella.
    —¿Es tu ducha?
    —¿Esa mierda te parece una ducha?
    —Parecer se parece —digo.
    —Pero no lo es.
    —¿Quieres decir que tu ducha también desapareció?
    —No, lo que desapareció fue mi apartamento. Crucé la puerta del baño y a la mierda todo. Pasé de un lado a otro, así, sin más.
    Me asomo por la puerta:
    Una superficie de losetas blancas y negras, dispuestas como en un tablero de ajedrez. Ningún pasillo. Ni rastro de una casa. Mucha luz. Lejanía. Horizonte infinito. Tan simple que no parece cierto. Desesperante. Esquizofrénico.
    Un espacio abierto decorado con un cielo casi real.
    —¡Joder!
    —Eso digo yo —dice ella.
    —¿Has probado a salir?
    —Como ya te he dicho, me estaba meando. Luego has aparecido tú y bla, bla, bla…
    —Vamos, que hemos llegado aquí casi a la vez, ¿no?
    —¡Sí, joder, sí, pesado de los cojones!
    —¡Bueno, tranquila!
    Nos miramos durante tres o cuatro segundos. Lapso violento en el que tengo que lidiar con pensamientos oscuros.
    —Deberíamos salir —expongo.
    —O entrar.
    —Salir de este jodido baño, punto y final —sentencio con algo de inquina.
    —Menos mal, por fin demuestras tener algo de carácter. Creía que formabas parte del truco.
    —Pues ya ves.
    Nos miramos durante más de un minuto.
    Los pensamientos oscuros se difuminan.
    Le ofrezco mi mano.
    Ella sonríe.
    Salimos del inusual baño como adolescentes. Desnudos. Asustados. Con los dedos entrelazados. Contentos por habernos encontrado. Dispuestos a compartir la experiencia.  
    —Me gusta sentir el tacto de tu piel —digo.
    —A mí también. El de la tuya.
    Dos pasos al frente y la entrada del baño desaparece. Estamos en la pradera de losetas blancas y negras. Una planicie infinita. Silenciosa. Inquietante. Desesperanzadora.
    —¿Ves aquel árbol sin hojas? —me pregunta.
    —Lo veo.
    —Vayamos hacia allá.
    Caminamos hasta llegar al árbol. Oculto tras el tronco vemos a un viejo, ataviado con un impoluto traje. Chaqueta, pantalón y corbata de color negro. Camisa blanca. Pelo blanco, repeinado estilo años cincuenta. Dientes blancos, relucientes. Cara de preocupación. Está sentado en una silla de colegio. El apoyabrazos izquierdo es una especie de mesa. Apunta algo en una libreta. Fuma.
    —La cosa no va bien, la cosa no va bien, la cosa no va bien… —repite una y otra vez, entre susurros.
    —Perdone —digo—, estamos perdidos.
    Intercambio una mirada con mi compañera de fatigas y hago una mueca ridícula.
    El viejo nos mira y dice:
    —¿Estáis? En realidad sois la misma cosa —dice—. Mira, mira, mira… —señala nuestras manos con la cabeza.
    —¡Joder! ¡Hostia puta! —exclama ella— ¡Qué cojones es esto!
    Nuestras manos se han fusionado.
    Dedos. Palma. Nudillos.
    Mi brazo derecho y su brazo izquierdo pertenecen a la misma pieza. Un antebrazo largo y flexible, como si no tuviese hueso.
    —¿Qué significa todo esto? —inquiero con furia.
    —No todo tiene un significado. A veces las cosas pasan sin más.
    —Queremos salir de aquí —dice ella, en tono suave.
    —Por allí —dice el viejo, señalando con la cabeza—. Atravesad el desierto solado. No tiene pérdida.
    —Gracias —ella tira de los dos y dejamos atrás al viejo.
    Caminamos hasta que el árbol desaparece a nuestra espalda.
    Losetas blancas y negras.
    Transitamos por el artificial páramo hasta visualizar un edificio que ocupa todo el horizonte. Menudo plan. Cambiar losetas por ladrillos. Cielo abierto por cerrazón gris.
    —Tiene que ser ahí —digo.
    —¿Tú piensas lo que dices?
    —No. —La miro sonriente—. Por cierto, ¿cómo te llamas?
    —No me llamo nunca. Los demás me llaman Rachel.
    —¿En Ingles?
    —Sí.
    —¿Sabes una cosa, Rachel?
    —Sí, la sé.
    —¿El qué? —pregunto.
    —Empiezas a saber lo que pienso —decimos a la vez.
    —¿Hablas contigo misma?
    —Ya sabes que sí.
    —Pues esto es parecido.
    —La misma cosa.
    —Podría decirse que ahora mismo estamos hablando en alto con nosotros mismos. Y nosotros mismos somos «un solo individuo»
    —Es lo que estamos haciendo, cierto.
    Llegamos al edificio. Tan alto que no logro ver el último piso. Divide el cielo en dos mitades. Es ancho. Ocupa toda una franja infinita, a izquierda y derecha. Tan solo tiene una puerta visible. Las ventanas están tapiadas. Todas.
    Sobre la puerta, un cartel de neones azules y parpadeantes. «Bucles S.L.». No sé si es el nombre de una empresa o una broma pesada.
    —Tenemos que entrar —digo.
    —Tenemos que entrar, sí —dice Rachel.
    Dentro hay un árbol sin hojas y el mismo viejo, en la misma postura, sentado en una silla de colegio, escribiendo. A su alrededor, cientos de puertas numeradas. Pomos plateados. Cerraduras convertidas en ojos vidriosos que vigilan la estancia.
    —¡Otra vez usted! —exclamo mirando al viejo.
    —Has debido confundirme con Heilel.
    —¿Quién eres, entonces? —inquiere Rachel.
    —Soy Heilel —y carcajea.
    —¡Otra vez usted! —exclamo de nuevo, guiado por la estupidez.
    —Has debido confundirme con el otro tipo del árbol.
    —¿Es tu hermano gemelo? —pregunta Rachel.
    —Soy yo sin estar aquí.
    —Vamos, otra vez usted —digo.
    —No, me confundes con el pasado cercano, y eso me ofende.
    —Te dije que queríamos salir de aquí y nos señalaste esta dirección. No nos hemos desviado ni un metro. —Se pausa—. Y ahora estamos todos juntos. Otra vez. Aquí, aquí, aquí…
    —Teníais que haber empezado por ahí.
    —¿Qué puerta es la nuestra? —pregunto.
    —Sección de baños —dice.
    —¿Puerta?
    —Ciento doce —contesta.
    Atravesamos la ciento doce, despreocupados. Al otro lado hay cientos de duchas individuales. Bañeras. Tazas de váter. Tocadores. Puertas de pasillo que conducen a baños.
    Avanzamos hasta que veo mi bañera.
    Rachel corre las cortinas y descubrimos que estoy dentro. Pausado. Detenido en el tiempo.
    Me miro a mí mismo y suelto una pequeña carcajada.
    Mi cuerpo de la bañera empieza a parpadear.
    Rachel dice:
    —Creo que te está pidiendo…
    —Lo sé, pero… ¿qué harás tú?
    —Bueno, llevo toda la vida sin ti.
    No hace falta que tengamos la conversación.
    Entro en la bañera y me introduzco en mi propio cuerpo. Noto cómo el agua caliente relaja mis músculos. Rachel está a mi lado. Aprieta mi mano. Me abraza.
    Nuestros apéndices se vuelven a separar.
    Sonreímos.
    —Cierra el grifo, tenemos seguir —me dice con suavidad.
    Ya no puedo entrar en su mente.
    Vuelvo a la independencia.
    La singularidad posee mi alma.
    —Cierra el grifo —repite.
    Hago caso y lo cierro.
    Rachel corre las cortinas y vemos mi baño.
    —Es mi baño —digo.
    Salimos de la bañera y observamos que la puerta conduce a su piso. Le ofrezco una toalla. La rechaza. Está fuera de sí. Me mira. Necesita entrar en su casa y respirar.
    —Dame la mano. Te necesito —dice.
    Juntos pisamos su pasillo. Me enseña la cocina, la habitación y acabamos en el salón. Allí encontramos el mismo árbol sin hojas y al mismo viejo. Todo es idéntico.
    El viejo nos mira y carcajea.
    —Estoy haciendo una composición —dice.
    —¿Qué significa eso? —preguntamos al unísono.
    —Que estáis hechos el uno para el otro.

2 comentarios:

  1. Subreal tal vez, a veces la mente tiene esos lapsos. Distinto pero genial!!

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  2. No parece tuyo. Pero me parece genial.

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