domingo, 3 de abril de 2016

Inmundicia evolutiva





Como portadores del raciocinio tenemos una responsabilidad mucho más grande de lo que pensamos. No debemos quitarle hierro a los asuntos que nos están aconteciendo. Mueren personas a diario, de forma violenta. Y no hay nada más importante que la vida, eso es un hecho al que no podemos dar la espalda. No importa el cómo, solo digo que hay que reconducir nuestros impulsos y acabar con ese afán de control que poseen los machos ALFA del status quo. No somos corderos indefensos, pero podemos serlo, todo depende de nosotros.
    Pero qué digo. Todo en sí mismo es una controversia. En especial la evolución del pensamiento social y su reflejo, convertido en comentario, post, tuit… y lanzado de forma arbitraria a eso que llamamos REDES SOCIALES (turbiedad latente de la doble moral). Muchos de esos comentarios (opiniones fugaces que nos representan como especie) son lamentables, fruto de la ignorancia, de la discordia, de la estupidez. Siento aversión.
    Controversia. Sucesos antagónicos a la felicidad. Caminos repletos de alambre de espinos. Guerras. Venta de armas. Escuelas de odio.
    ¿De qué nos sirve ver cómo avanza la ciencia?
    Pronto colonizaremos nuevos mundos: Marte está próximo.
    Pero todo da igual. Somos nuestro propio adversario, los tipos del otro lado del espejo. Enemigos del avance global y la educación.
    ¿Cómo?
    La ciencia progresa por varias sendas al mismo tiempo, ajena, y no tan ajena, a las muertes, a los atentados, al terrorismo empresarial y al extendido militarismo que nos domina como si no hubiesen pasado los siglos para la humanidad…
    Inmundicia evolutiva: Homo sapiens.   
    Queremos convertir la Luna en una mina, agujerearla y explotar los beneficios de su vientre al máximo, mandar allí el progreso se ha convertido en una carrera capitalista, comandada por los grandes cerebros del ya desarrollado y firme Neoliberalismo Económico (Totalitarismo-económico-social, más bien). Y eso no es todo. Elaboramos vacunas y otros fármacos, no en nombre de la inmortalidad, sino a favor del dinero. Contaminamos nuestro entorno a favor de un bienestar falso; nos recluimos en edificios de hormigón y acero que funcionan gracias a la destrucción, extracción, perforación... Somos un bucle de errores; un ente plural, singular y metafísico capaz de engullir la materia. Somos una especie brutal en todos sentidos, para bien, para mal y para peor. Siempre con los ojos fuera de nosotros mismos, ajenos a la barbarie, dispuestos a llorar o carcajear (según el grado de psicopatía de cada uno) frente al televisor cuando en los noticiarios emiten vídeos que muestran la deshumanización descontrolada a la que estamos sujetos. Sangre, sangre y más sangre. Niños muertos (risas y aplausos de trasfondo dependiendo del lugar de los hechos). El enemigo debe morir. Bombas. Olor a pólvora. Muerte y más muerte.
    ¿Dónde queremos llegar? ¿Existe realmente el miedo o es un invento? ¿Preferimos matar o es preferible amar? ¿Empuñar un arma o sentir a nuestro lado el cuerpo desnudo de otra persona? La controversia sigue comandando las encuestas.
    Nos posicionamos, unos a favor y otros en contra, pero, ¿de qué estamos hablando? ¿Existen realmente varios frentes? Yo creo que no. Cuando un asesino hace de sí mismo y ejecuta a una persona, al margen de quién maneje sus hilos, no existe nada más que un posicionamiento, y éste tiene que estar del lado de la vida, sin importar dónde se halle. No existe nada más trascendental que preservar la vida y alimentar el espíritu humano. Avanzar en grupo o en paralelo a la masa, no voy a imponer una consigna curativa, solo digo que no se debe interferir de forma negativa en el desarrollo positivo. El resto son fundamentos ridículos que subyacen tras los mundos de la doble moral humana. Pondré un ejemplo de lo más crudo y salvaje, para entendernos: si no quieres que entren en tu país, instala nidos de ametralladora en tus fronteras y mata a todo el que lo intente; mánchate directamente las manos de sangre y déjate de fundamentalismos estúpidos, deja de sembrar odio en las mentes dormidas y ahógate en la bañera de tu casa; solo así te dejarás ver como nación o grupo o ente esquizoide (la historia me da la razón), y entonces los demás obraremos en consecuencia, mostrando indiferencia y bloqueando dichas acciones para siempre (solo el mal supremo es capaz de unir a los hombres). El método actual solo genera odio, rechazo, miedo a lo desconocido y muerte. El enemigo invisible crece en la sombra del desconocimiento mientras la sociedad se envenena con telebasura, sensacionalismo barato y mentiras partidistas.
    No debemos olvidar que vivimos en una sociedad que aniquila la empatía y crea lerdos que se sienten identificados con etiquetas producidas a gran escala. ¿Seres únicos con un enemigo común? No, todo lo contrario: autómatas descerebrados que combaten contra un enemigo al que no conocen (porque no existe, claro). Cuando alguien mata deja de ser un humano y pasa a convertirse en un ser sin alma, sin principios, sin camino que recorrer. No podemos sentirnos únicos llevando una etiqueta. No existe el ser único, es una utopía, la mayor de todas ellas.
    ¿Queremos colonizar otros planetas siendo la Tierra un cuadrilátero caótico de razas, culturas, etnias, grupos religiosos extremistas y seres clonados, analfabetos e incapaces? ¿Qué vamos a hacer? ¿Bombardearnos de planeta a planeta cuando llegue el caso? ¿Acabar con la evolución de un plumazo? ¿Creernos todo lo que vemos y leemos? Hay que cambiar el rumbo de las consignas globales, buscar en el interior de nuestras almas y seguir avanzando dejando a un lado la decadencia.  
    ¿Somos dueños de nuestras emociones o realmente sentimos lo que nos hacen sentir? Ahí lo dejo.
    Por mi parte seguiré mi camino de forma libertaria. No pretendo ser un obstáculo para nadie, sino todo lo contrario. Soy la autopista de mis sueños.



jueves, 31 de marzo de 2016

Golondrinas muertas en la almohada, de Lucas Albor





He terminado la novela sudando. Mi cerebro no dejaba de imaginar finales para cada una de las historias. Todos esos personajes, tan dispares, con unas vidas tan propias e impropias, tan redirigidas por el malestar y el agobio social. Incluso Johnny, ese arquetípico protagonista, encasillado erróneamente en el lado oscuro, producto del suburbio, tiene un lado sensible y opuesto a sus fines y consignas. Y es que todo en la novela es un flash sentimental, una reivindicación del mal que nos come el terreno, pequeños viajes de ida y vuelta al abismo.
    Golondrinas muertas en la almohada, a mi entender (redirigido inevitablemente por mis impulsos filosóficos), es un grito para la humanidad, una protesta explosiva, cruel y, en muchas de sus partes, tan realista que roza lo surrealista. Cargada de descripciones grotescas, sucias, frías, escuetas y detalladas, dignas de una novela de Bukowski o Welsh. Narrada de una forma original y formada por retazos de la vida de un buen puñado de personajes, hora a hora durante un par de días, como si de una crónica se tratase, sin remilgos. Capítulos convertidos en crochés directos a la boca del estómago.
    Conspiraciones, traiciones, borracheras, ironía a raudales y mucha sátira. Rica en frases elocuentes dignas de un escritor talentoso que no puede esconder su timidez. Salvaje.     
    Cuando abrí el libro y empecé a leer, y digo esto para que algunos de vosotros mostréis interés, me vinieron a la mente dos novelas: Menos que cero, de Easton Ellis; y Azul casi transparente, de Ryu Murakami. Quizás fue por la forma en la que estaba narrada, o por el contexto escabroso que envuelve dichos textos, o por las drogas, el sexo y la violencia. Cuando entré en materia, con ese tráfico clandestino de bebés de trasfondo, y esa madre descompuesta que aparece en la comisaría, y esa familia a punto de tener descendencia, y esos matones descerebrados guiados por la sinrazón, y ese chico malo que siente cómo una luz guía sus verdaderas emociones, todo se dio la vuelta y Chuck Palanhiuk y Bukowski se instalaron en la odiosa mira de la comparativa. Cuando llegué a la página setenta mi concepto de lo que estaba leyendo se engrandeció, ya no estaba frente a la primera novela de un escritor novel con aspiraciones profesionales, sino todo lo contrario. Pudo ser la narración centrada en Max la que me ayudó a entender ciertas cosas (su final lo tomé como una metáfora centrada en nuestro actual presente), o la de Luz y la ilusión de una madre soltera que vende su cuerpo al mejor postor. No sé, todo empezó a cautivarme. La historia, englobando absolutamente cada capítulo, me fue atrapando de una forma magistral. Concretamente la parte políticosocial, representada en el sistema de gobierno (corrupto como en nuestros días) de Tucumán y la Metrópoli (lugares idealizados por el autor). A medida que la intriga avanza, el cúmulo de personajes, unos de forma directa, y otros debido a los actos que se desatan a su alrededor, se mezcla en una amalgama de acciones cruzadas: sangrientas (de un modo u otro), dulces como el que muere inhalando gas, y emocionalmente sorprendentes todas ellas.
    A modo de sorpresa, Henry Chinaski, alter ego de Charles Bukowski, nos ofrece sus servicios volviendo a la vida una vez más, haciendo lo de siempre, junto a Hector, un borracho que sufre alucinaciones. Sin embargo, aunque haya ciertos protagonistas llamativos y cautivadores, el eje de la historia lo lleva Johnny y todo lo que rodea a sus impulsos, tareas y deshonestos actos. EL personaje es brutal en todo su esplendor, hasta para poner el punto y final de la historia.
    Incluso el amor tiene cabida en los corazones más negros.




miércoles, 23 de marzo de 2016

Sangre tóxica


















Hoy por hoy cualquier opinión es buena;
cualquier muerte es válida;
cualquier tipejo tiene voz, voto y votantes.
No importa nada, nada vale nada,
la sociedad sucumbe, expira,
se ahoga en la cumbre de las nauseas
mientras los informadores vomitan.

El coto de la idiotez humana abre sus
puertas de par en par, sin concesiones.
La llegada masiva de esperpénticos
captadores de poder está al caer.

Enfrentados a la insuficiencia intelectual,
faltos de coraje y sedientos de sangre,
recurren al falso poder de la dinamita.
Cargan el revólver con una solitaria bala
y nos apuntan con disimulo a la cabeza.
 

miércoles, 2 de marzo de 2016

Relacionado con las crisálidas




La crisálida era incapaz de entender la mente humana y sus complejas variantes emocionales. Nos uníamos en un plano onírico y vacío, y pasábamos allí horas, intentando comunicarnos. Aquello me hacía sentir la cordura como nunca antes, lo cual, nos puede llevar a la definición exacta del enloquecimiento. De ahí que mi parte interna agonizara frente a los impulsos de ese ser independiente que ahora emergía: mi verdadero yo