miércoles, 3 de agosto de 2016

La araña que salvaste, de Leonardo Finkelstein





Hace una semana que terminé de leerme La araña que salvaste, una novela de aventuras, catalogada como Porno-western, y ambientada principalmente en el Nuevo México de mediados de siglo XIX. Digo principalmente, porque uno de los protagonistas con más calado, el profesor Thelonius W. O’neill, comienza su aventura en Londres, y desde allí, debido a ciertos escarceos sexuales, casi más protagonistas que los propios personajes, pues sin ellos no habría historia que contar, nuestro querido profesor, al que no se le llega a querer en ningún momento de la historia, debido a su peculiar, lasciva, egoísta y cómica forma de ser, se ve obligado a partir hacia lo desconocido. Hablando en plata: la mete donde no debe y se tiene que embarcar rumbo a ninguna parte, hasta llegar de forma casual a Nuevo México.
    En paralelo, introducido inicialmente de forma magistral por el autor, está la figura de Barba-Towers, un párroco poseído por el afán de poder y control, que pasa su tiempo libre abusando de… Esto no lo voy a contar, paso. Prefiero que lo leáis, en serio, porque os va a enganchar desde el principio —y si estáis un poco locos, mucho mejor—. Por supuesto que tampoco hablaré de lo que le ocurre al profesor una vez llega a Estados Unidos, ni de la camarilla que acaba siguiéndole de forma insólita, ni de su temporada viviendo con los indios y follando como un loco, ni de los robos de diligencias. Solo digo que la novela tiene todos los ingredientes de un Western —cargado de sexo injustificado y borracheras, como tiene que ser—. Una mezcla explosiva aderezada con un grupo de personajes de lo más variopinto: putas, indios, pistoleros, agentes de la ley, curas salidos, y un travesti.
    Como único aviso, o cebo comercial, digo lo siguiente: No hay que intentar entender nada o sentirse identificado con los personajes, se trata de leer una historia realmente buena y disfrutar de cada pasaje.


La araña que salvaste me ha sorprendido de principio a fin. En primer lugar, por la forma en que está escrita, haciendo fácil su lectura. Podría catalogarla como novela veraniega, por ese ritmo tan llevadero y fresco, y ese humor que desprenden sus páginas. De cualquier otra forma, las escenas de sexo que se describen no entrarían tan bien en el cerebro. Porque todo hay que decirlo, es una obra explícita que puede herir la sensibilidad de ciertas personas —no es mi caso, al contrario; es más, a mí me encanta—. Destacaría las apariciones de Oso sin invierno, mi personaje favorito, y compañero del profesor.
    Obras comparables, bien por su contenido sexual, o por las dosis violencia y realismo: Azul casi transparente, de Ryu Murakami; Niños muertos, de Martin Amis; Menos que cero, de Easton Ellis. Pero vamos, siendo una persona que odia las comparaciones, diré que no tiene nada que ver, más bien lo añado para que algunos de vosotros abráis boca e intentéis haceros con un ejemplar como sea.





martes, 2 de agosto de 2016

Ausencia de conducta



Mi 5ª novela ya está en la calle, Ausencia de conducta, una joya criminal de lo más salvaje. Una historia rápida, sencilla de leer, similar a mi primer trabajo, Basura no compartida.
    Para más información: Ausencia de conducta.
    ¿Cómo comprarla? Pinchando este enlace y siguiendo los pasos con tranquilidad: COMPRAR.
    ¿Por qué tenéis que haceros con un ejemplar? Para que los autores no desaparezcamos, para tener un libro más, para hacer algo por la cultura, para que algún día podamos sentirnos orgullosos de lo que hicimos por nuestra época, para calzar una mesa, para encender la barbacoa, para que os deje en paz...
    ¿Qué pasa si no podéis comprar un ejemplar? No pasa nada. Vivimos en un país libre (de momento).


domingo, 3 de julio de 2016

Irreverencias volcánicas





Quiero escribir un poema costumbrista y soez,
pero no soy capaz, así que se lo dejo a los intrusos.
Me limitaré a picar hielo y preparar algo de beber,
tiraré de libreta, lanzaré los dados y probaré suerte.

Los acordes emergen de los altavoces y viajan,
pasan por la puerta de los cobardes de traje
y giran por la esquina entre pereza y locura.
¡Oh! Lo he vuelto a hacer, tengo memoria de pez.
No existe tal esquina, y ahora toca caminar,
dejar atrás la ciudad y sonreír mientras nos rige
un patán que colecciona doctrinas desacertadas.




jueves, 23 de junio de 2016

Irreflexión





Por fin he despertado. Estoy aquí, delante del espejo. Tengo ojeras, sueño y remordimientos. Después de un tiempo aletargado, me doy cuenta de lo que me falla, una cosa tan importante que no sirve para nada. Me falla el trabajo, esa acción rutinaria por la cual suelen pagar un dinero a fin de mes. Me falta un trabajo estable, eso es. Teniendo uno podría llevar una vida espectacular  y no sentir que la balsa en la que viajo se mueve.
    ¿Será cierto eso?
     Estoy aquí, delante del espejo, y puedo verlo: sentado en mi hombro derecho hay un demonio verdoso con una cerveza en una mano y una porción de pizza en la otra. Me dice que en realidad no me falla nada, y que la estabilidad no existe como tal. ¡Maldita sea!, pienso. Entonces aparece un angelito de color marrón,  se sienta en mi hombro izquierdo y eructa, lleva un café en una mano y un cigarro en la otra. Me dice que soy un fallo del sistema y que debo resetearme para continuar.
    ¿A quién hacer caso?
    Me siento en la taza del váter con los pantalones bajados. No quiero seguir mirándome en el espejo, no quiero escuchar  al ángel color excrementos y al demonio verde cerveza. Soy lo que soy, no me define una marca de relojes.