martes, 6 de septiembre de 2016

Vendido y muerto en vida





No escribo poesía últimamente,
y eso me mosquea.

Camino por el derretido
asfalto de la gran ciudad
y observo los nuevos
carritos que les han puesto
a los mendigos.

Aclaro: muchos vagabundos
siguen durmiendo en los
cajeros automáticos
(es fácil fabricar clasismo.)

No escribo poesía últimamente,
y nadie tiene la culpa.

Pienso en la falla y es tu
cara de falso payaso de feria
lo primero que me viene
a la maldita cabeza
(la verdad es la culpa,
y está de tu lado.)

Aclaro: iba a decir puta cabeza,
por eso lo meto aquí.

No escribo poesía últimamente
porque en realidad
prefiero tomar cerveza
y dejarme llevar por la oleada
de escritores basurópteros
que copan el mundo de las letras.

La ciudad me absorbe de tal forma
que solo me apetece
perder la cabeza
y desaparecer de una forma física
(quisiera ser un poema eterno,
dueño de un carrito para
poetas vagabundos
que dejaron de ser personas.)

Aclaro: me jode ocupar
el mismo espacio que tú.
Que respiremos el mismo aire
es un problema insoportable.
¿Qué hacer? Ya lo verás.

No escribo poesía desde hace
unos meses, ¿algún problema?
Mejor así,
ahora olvídate de mí y
piensa que lo de tus padres
sí que fue un error…


Dedicado a Lucas Albor y sus letras. 


 

miércoles, 31 de agosto de 2016

Todo es mentira (dramatización literaria no relacionada conmigo)





X le dice a Y que soy mala persona, que suelo mentir y robar a  familiares y amigos y que no debe fiarse de mí. E me lo cuenta una noche estando de borrachera, sin venir a cuento. Me resulta curioso que E, siendo tan amigo de X y de Y, me cuente todo esto. Pero así funciona el mundo.
    Esa misma noche, estando en las letrinas del garito, tambaleándome como un junco de río y borracho como una cuba, pienso:
    “X es un gilipollas, un puto gilipollas.”
    Sigo pensando:
    “E es un payaso cuya única aspiración consiste en quedar bien con todo el mundo. Se cree importante y no es más que basura. Forma parte de la gran pelota de mierda llamada planeta azul.”
    No puedo dejar de darle vueltas a la cabeza:
    “Y es un crédulo que solo se fía de la gente con la boca grande. Podría ser violado por un cura y creer que está bien, que así lo ha querido el Dios más irreal jamás creado. Forma parte del grupo de retrasados más amplio de la sociedad. Es un idiota del montón.”
    Lo único que puedo decir a mi favor es que miento cuando es necesario, me río de más, hablo poco y suelo estar escondido en mi agujero. No voy por ahí robando a mis amigos o familiares. Invierto parte de mis neuronas en seleccionar correctamente a las personas, o colectivos, o seres a los que debo odiar. Así funciona mi mundo.




martes, 30 de agosto de 2016

Idiota, una obra dirigida por Israel Elejalde





Me siento en la butaca y observo. El decorado me resulta atrayente, a través de su simpleza me adentro en un mundo extraño y envolvente. Intento imaginar. Pienso: “Jordi Casanovas etiqueta la obra como una Dark Comedy”. Sonrío y me digo: “Comedia oscura, dirigida por Israel Elejalde y con Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert a los mandos de la interpretación, ¿qué puede fallar? Nada”.  Miro hacia la puerta. La gente no deja de entrar. Hay expectación, se huele en el ambiente.
    El primer aviso no se hace esperar. Nos dicen que apaguemos nuestros teléfonos móviles y anulemos nuestras alarmas. No hace falta que nos digan que durante poco más de una hora evitemos hacer planes, no somos tan idiotas, creo.
    Un minuto antes de empezar, dirección de producción y dirección artística se plantan frente al público, saludan, se presentan y nos avisan que debido a ciertos problemas técnicos el aire acondicionado no funciona. La honestidad es brutal, cosa que quiero destacar porque se está perdiendo a marchas forzadas. Luego se despiden y dejan que Idiota de comienzo.
     Las luces se apagan. Mis ojos se centran en esa sencilla habitación creada por el escenógrafo Eduardo Moreno e iluminada por Juanjo Llorens. No hace falta demasiado, el Feng shui teatral es un ente con vida propia.
    Todo empieza a moverse. Personaje A y personaje B son el punto más lejano y el más cercano. El sí y el no; el no y el sí. Son el jarro de agua fría y la ducha caliente. Pronto encasillo a Gonzalo de Castro en el papel de idiota, parece haber nacido encima de un escenario. Todo lo que le rodea es suyo. Es un monstruo, al menos, se comporta como tal —sobre las tablas, no vayáis a pensar otra cosa—. Observo y sonrío sin parar. Intento fijarme en ella, Elisabet Gelabert. Es increíble. No me había percatado. Ella ha cedido esa habitación al idiota, casi por completo, a excepción de una mesa de escritorio y cuatro metros cuadrados. La oscuridad de A no consigue absorber la luz de B.
    El personaje interpretado por Gonzalo ha sido seleccionado para participar en un experimento, y está allí para ganar dinero, ese es su fin. Al otro lado del cuadrilátero está ella, Elisabet, la doctora que va a llevar a cabo el experimento. Con esto os pongo en situación. Ella pregunta, él contesta con otra pregunta. Ella intenta reconducir la conversación. A él le da igual todo, está en otra dimensión. Parece ser que ha firmado un contrato sin leerse las cláusulas —¿A qué me suena esto?—. Hasta este punto la comedia promete. La situación es muy irónica, festiva, quizás demasiado de ambos adjetivos. Por momentos me siento como un auténtico idiota.
    Sin darme cuenta, poco a poco, las risas se van convirtiendo en oscuridad. No digo que el color cambie. Es la intención, la firma del director, del teatro Kamikaze, de toda la amalgama de artistas que conforman este proyecto.
    No hablaré de la trama en sí misma, ni mencionaré los enigmas o pruebas a las que se ve sometido nuestro idiota. Solo diré que esta obra ilumina el umbral de la discordia social y gubernamental.
    Sin darme cuenta, el tiempo pasa y la escena cambia casi por completo. Me hace gracia, pero no del mismo modo que al comienzo. Es entonces cuando con chulería, me digo: “Ya lo sabía”. ¿Qué sé? ¿Qué soy idiota? ¿Un idiota más? No, sabía que la gran mano de los kamikazes no tardaría en aparecer y lanzar su mensaje.
    La obra representa las trampas de la vida. Metáfora de los obstáculos que no queremos ver y nos invaden mientras no hacemos nada. Cogemos el camino fácil sabiendo que realmente es el difícil, ¿o es al revés? Supongo que todo depende de nuestra personalidad. Puede que te sientas identificado con A, o igual con B, no lo sé. En mi caso he sido secuestrado por un mensaje global que tiende a enamorarme.




 

lunes, 29 de agosto de 2016

Concilio para idiotas





Hemos quedado en la mañana.
Me hallo tranquilo, estoy seguro.
Rellenamos los papeles, solo eso.
Ellos no quieren morir desnudos,
y a mí, por contra, me sobra la ropa.
No existe el miedo, solo el lamento.