jueves, 31 de marzo de 2016

Golondrinas muertas en la almohada, de Lucas Albor





He terminado la novela sudando. Mi cerebro no dejaba de imaginar finales para cada una de las historias. Todos esos personajes, tan dispares, con unas vidas tan propias e impropias, tan redirigidas por el malestar y el agobio social. Incluso Johnny, ese arquetípico protagonista, encasillado erróneamente en el lado oscuro, producto del suburbio, tiene un lado sensible y opuesto a sus fines y consignas. Y es que todo en la novela es un flash sentimental, una reivindicación del mal que nos come el terreno, pequeños viajes de ida y vuelta al abismo.
    Golondrinas muertas en la almohada, a mi entender (redirigido inevitablemente por mis impulsos filosóficos), es un grito para la humanidad, una protesta explosiva, cruel y, en muchas de sus partes, tan realista que roza lo surrealista. Cargada de descripciones grotescas, sucias, frías, escuetas y detalladas, dignas de una novela de Bukowski o Welsh. Narrada de una forma original y formada por retazos de la vida de un buen puñado de personajes, hora a hora durante un par de días, como si de una crónica se tratase, sin remilgos. Capítulos convertidos en crochés directos a la boca del estómago.
    Conspiraciones, traiciones, borracheras, ironía a raudales y mucha sátira. Rica en frases elocuentes dignas de un escritor talentoso que no puede esconder su timidez. Salvaje.     
    Cuando abrí el libro y empecé a leer, y digo esto para que algunos de vosotros mostréis interés, me vinieron a la mente dos novelas: Menos que cero, de Easton Ellis; y Azul casi transparente, de Ryu Murakami. Quizás fue por la forma en la que estaba narrada, o por el contexto escabroso que envuelve dichos textos, o por las drogas, el sexo y la violencia. Cuando entré en materia, con ese tráfico clandestino de bebés de trasfondo, y esa madre descompuesta que aparece en la comisaría, y esa familia a punto de tener descendencia, y esos matones descerebrados guiados por la sinrazón, y ese chico malo que siente cómo una luz guía sus verdaderas emociones, todo se dio la vuelta y Chuck Palanhiuk y Bukowski se instalaron en la odiosa mira de la comparativa. Cuando llegué a la página setenta mi concepto de lo que estaba leyendo se engrandeció, ya no estaba frente a la primera novela de un escritor novel con aspiraciones profesionales, sino todo lo contrario. Pudo ser la narración centrada en Max la que me ayudó a entender ciertas cosas (su final lo tomé como una metáfora centrada en nuestro actual presente), o la de Luz y la ilusión de una madre soltera que vende su cuerpo al mejor postor. No sé, todo empezó a cautivarme. La historia, englobando absolutamente cada capítulo, me fue atrapando de una forma magistral. Concretamente la parte políticosocial, representada en el sistema de gobierno (corrupto como en nuestros días) de Tucumán y la Metrópoli (lugares idealizados por el autor). A medida que la intriga avanza, el cúmulo de personajes, unos de forma directa, y otros debido a los actos que se desatan a su alrededor, se mezcla en una amalgama de acciones cruzadas: sangrientas (de un modo u otro), dulces como el que muere inhalando gas, y emocionalmente sorprendentes todas ellas.
    A modo de sorpresa, Henry Chinaski, alter ego de Charles Bukowski, nos ofrece sus servicios volviendo a la vida una vez más, haciendo lo de siempre, junto a Hector, un borracho que sufre alucinaciones. Sin embargo, aunque haya ciertos protagonistas llamativos y cautivadores, el eje de la historia lo lleva Johnny y todo lo que rodea a sus impulsos, tareas y deshonestos actos. EL personaje es brutal en todo su esplendor, hasta para poner el punto y final de la historia.
    Incluso el amor tiene cabida en los corazones más negros.




miércoles, 23 de marzo de 2016

Sangre tóxica


















Hoy por hoy cualquier opinión es buena;
cualquier muerte es válida;
cualquier tipejo tiene voz, voto y votantes.
No importa nada, nada vale nada,
la sociedad sucumbe, expira,
se ahoga en la cumbre de las nauseas
mientras los informadores vomitan.

El coto de la idiotez humana abre sus
puertas de par en par, sin concesiones.
La llegada masiva de esperpénticos
captadores de poder está al caer.

Enfrentados a la insuficiencia intelectual,
faltos de coraje y sedientos de sangre,
recurren al falso poder de la dinamita.
Cargan el revólver con una solitaria bala
y nos apuntan con disimulo a la cabeza.
 

miércoles, 2 de marzo de 2016

Relacionado con las crisálidas




La crisálida era incapaz de entender la mente humana y sus complejas variantes emocionales. Nos uníamos en un plano onírico y vacío, y pasábamos allí horas, intentando comunicarnos. Aquello me hacía sentir la cordura como nunca antes, lo cual, nos puede llevar a la definición exacta del enloquecimiento. De ahí que mi parte interna agonizara frente a los impulsos de ese ser independiente que ahora emergía: mi verdadero yo




sábado, 20 de febrero de 2016

Lágrimas de ceniza






Se hace llamar tristeza, y maneja mi destino;
vive en un oscuro rincón dentro de mí,
donde fuma, esnifa mentiras y se pudre.
A veces creo ser su huésped eterno,
intoxicado con ese aliento fatal suyo.
Ella me hace ver el mundo a través de un filtro
de lágrimas grisáceas, secas, de ceniza.
¿Y qué hago? Bebo a escondidas para frenar
el flujo melancólico de irrealidades.

Lágrimas de ceniza poética;
basura sumergida en un flan familiar;
una lista de enemigos convertida en lista de boda;
mi cara cuando te veo ingerir el cóctel Durden.

¿Soy triste? No, simplemente aborrezco
a los borregos relacionados con lo políticamente correcto.
Es ella, la tristeza, la que se empeña
en seguir mis pasos y encubrir sus fallos con mis hechos.

Vivo con ella en un callejón repleto
de contendores metálicos.
Cada noche nos arropamos con un buen
puñado de lágrimas de ceniza;
con cajas cartón repletas de letras japonesas;
con dinero hecho jirones negros.