lunes, 22 de julio de 2019

Entrevista a dos manos, hoy Juan Cabezuelo


En un alarde de empujar las carreras literarias de Oscar Ryan y Juan Cabezuelo, ejerciendo de editor y amigo, voy a entrevistarles para que conozcáis un poco mejor sus trabajos, intenciones y objetivos. Aunque es mucho lo que puedo decir de ellos, prefiero que sea de sus bocas, puños y letras lo que llegue a vosotros. 
    Hoy nos contesta Juan Cabezuelo:

Contestarme los dos. ¿Qué os ha llevado a escribir a lo largo de los años? ¿Cómo es que no os habéis rendido?
Hola Dani. Realmente nunca he sabido por qué escribo, y la verdad es que me gustaría tener una de esas respuestas superchulas y bohemias que leo por ahí en plan "porque es mi aliciente de vida..." y cosas de esas; pero la verdad es que un día me di cuenta de que lo estaba haciendo, y hasta la fecha.
    He pensado muchas veces en rendirme, sobre todo cuando sacas un libro que te ha costado media vida escribir y ves que a los tres meses de haberlo publicado cae en el más ruin y amargo de los olvidos. Pero luego piensas "qué se jodan todos" y vuelves a ponerte con todas las ganas. Rendirse es de humanos, y yo cada día tengo más claro que no soy de este planeta.

Ya sabéis que estoy enamorado de vuestros trabajos por infinidad de motivos, uno de ellos es que sois autores de subsuelo con una capacidad única para contar historias dispares que sobrevuelan la etiqueta de género. ¿Cómo os veis a vosotros mismos? ¿Y dentro del sistema editorial-comercial-literario? ¿No creéis que apesta un poco?
Yo, a mí mismo me veo un tipo bastante sencillo y normal, pero claro, también decían eso de ellos mismos Ted Bundy o Peter Kürten. A quien no veo normales son a las personas que hoy en día no tengan sus niveles de nihilismo y misantropía por las nubes (¿Pero de qué coño vais, putos hippies?).
    A nivel editorial me veo a mí mismo como una gran e interminable Nada. El mundo editorial es una inmensa mierda donde nos vemos obligados a sumergirnos hasta las rodillas. Pero para no ser tan negativo con el mundo editorial, diré que tampoco es culpa del patético mundo editorial existente que los autores nos encontremos metidos hasta el cuello en un pozo de brea; si lo pensamos un poco, siempre se habla de la calidad del escritor, si es bueno o malo, pero nunca se cuestiona la calidad del lector, y según qué comentario o reseña de libros hechas por lectores que he podido leer en las redes sociales.... ¡Madre mía!

Parece que para vender hay que ser autores supercalifragilisticosespialidosos, tener una flor en el culo y el pelo con los colores del arcoíris. ¿Cuál es vuestra visión?
    A nivel emergente, vendes a nivel de amigos que tengas en redes, quedando a un plano secundario la calidad de la obra, siendo esta eclipsada muchas veces por "el personaje" en que se haya convertido el autor. Digamos que el gran show de luces, música, trampa y cartón se tiene más en cuenta que la obra literaria como tal.

Venga, dos novelas indispensables para vosotros, que volveríais a leer una y otra vez, y ahora dos novelas de autores desconocidos para el gran público.
"El señor de los anillos" pienso que es una obra imprescindible para cualquier persona que se considere lectora, por desgracia todo el frikismo que se ha creado alrededor de la obra ha conseguido que la gente deje de tenerla en cuenta como la gran obra literaria que es, pero el buen lector sabrá ver en ella toda la oscuridad, el horror y el dolor que en ella se haya. De segunda obra diré "Indigno de ser humano" de Osamu Dazai; si no has leído ninguna de estas dos ya puedes irte suicidando. De autores menos conocidos (no creo que exista ningún autor desconocido, pues a todos, aunque solo sea nuestra propia madre, nos conoce alguien) aconsejaría leer cualquier novela de Rodrigo Ratero, un grande en su estilo. Y de segundo, cómo no, cualquiera de los autores de Open City, madafakas.

En dos líneas. ¿De qué van vuestros dos últimos trabajos, publicados con Open City, y por qué tiene que leerlos la peña?
Odio, es una novela bastante complicada, pero a groso modo diré que va de un "debut psicópata" cargado de misantropía y nihilismo en estado puro, con una gran crítica social. Y la gente debería leerla porque... ¡Qué coño! es una novela cojonuda y algo distinto a lo que se suele estar acostumbrado a leer.

¿Creéis que vuestro mensaje es captado por el público?
Como he dicho antes, hay que tener muy en cuenta la calidad del lector, depende de esta el mensaje llega mejor, peor o no llega directamente.  

¿Es difícil compaginar una vida medio normal con la faceta de escritor?
Compaginar la vida de "persona normal" con la faceta de escritor no es complicado, sencillamente es imposible, cosa que te hace pensar muchas veces en tirar la toalla; pero como suele decirse: "Quien quiera peces que se moje el culo". Por ahora, en este país donde cada día el arte se criminaliza más, no hay otra.

Sí o no: ¿Volaríais el mundo en pedazos si estuviese en vuestras manos? ¿Por qué? ¿Vuestra literatura es un poco esa bomba nuclear capaz de hacerlo?
Acabaría con el mundo sí o sí. Todas las grandes civilizaciones han terminado sucumbiendo y a esta nuestra, visto los niveles de gilipollez que estamos alcanzando, ya le ha llegado la hora.
    No considero que mis obras sean esa herramienta necesaria para terminar con el mundo, pero sí espero que sea una fuente de liberación mental para quien sepa entenderla y disfrutarla.

Os dejo decir lo queráis, estáis en casa:
Pues solo agradecerte este espacio que nos has brindado y todo el curro y apoyo incondicional que nos das tanto tú a nivel personal (eres mi hermano, y lo sabes) como con Open City. Y decirle a los lectores que apoyen más el mundo literario emergente, ya sea comprando obras de autores "menos conocidos", como yendo a las convenciones y ferias literarias o por lo menos compartiendo nuestras publicaciones en las redes sociales (que es gratis), o el boca a boca, que es como se ha hecho toda la vida y es lo que mejor funciona. Un abrazo a todos, y si es posible, que os follen.





 

martes, 8 de enero de 2019

El santuario del Mal


Las chimeneas de los grandes hornos lanzan un mensaje de ahogo y desaliento. Humos negros y densos que anuncian  el comienzo de un reinado maléfico, preludio del apocalipsis.

La Reina Ejecutora se yergue sobre la torre norte del Santuario del Mal. La carcajada que emite se escucha por todo el reino, estridente y dañina, incisiva, cruel. El Rey de las Tinieblas la abraza mientras esboza una leve sonrisa. Todos saben que los poseedores del amor verdadero por fin están juntos. Nada ni nadie los podrá detener.

Millones de esclavos arden, gritan, se retuercen. Ellos fueron los culpables del dolor, de la indiferencia racionada que acabó con las capacidades comunicativas de los reyes. Ellos separaron las energías que parten de un mismo núcleo, y ahora deben pagar por su osadía. 

El interior del templo se encuentra tranquilo. La paz que se respira es incomparable, única, inmortal. Es como si toda esa rabia en racimo fuese mero alimento para el sosiego. El principio básico del equilibrio tiene altas dosis de caos y orden, antagónicos ligados entre sí hasta el fin de los días. Así funcionan las energías primigenias.

La Reina Ejecutora camina con inocencia, se despoja de todas sus prendas y se deja caer sobre la cama. El rey, completamente desnudo, se tumba a su lado y la abraza. Pasan las horas muertas mirándose, agarrados, regalándose caricias y besos. Toda esa muerte que los rodea se convierte en placer. Un orgasmo de gritos y chillidos convertido en silencio, en calidez, en aliento de fuego. 



 Dedicado a la verdadera Reina Ejecutora.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Un mundo hostil a mi servicio




Hace años se abrió una herida en mi alma. No voy a profundizar, lo dejaré ahí, todo ocurrió por pura supervivencia y ocasionó daños irreparables en la vida de muchas personas. El caso es que la maldita herida se hacía más y más grande con el paso del tiempo. No parecía curarse. Pasaban los meses y cada vez había más gente metiendo el dedo en ella, chupando la sangre, escupiendo en su interior. La profundidad llegó a tal extremo que casi aniquila lo poco que quedaba de mi parte humana. El dolor era tan intenso y agudo, que soportarlo consumía todas mis fuerzas.
    La situación tenía que reventar por algún lado, eso era más que evidente. Y lo hizo de un modo salvaje, físico, destructivo. Mi estómago se fue a la mierda. Demasiado odio reconcentrado. Demasiado sufrimiento estancado. Me salvó mi posición elevada y una capacidad innata para actuar estratégicamente. No podía perder lo poco que tenía, o creía tener, así que disimulé mi dolor y continué la marcha.
    El tiempo trascurría de un modo horrible, traumático. Ya no solo tenía una herida que atender, ahora cuerpo y mente estaban jodidos, y eso nunca es bueno.
    Entonces empezaron a sucederse una serie de acontecimientos, bastante brutales, y dentro de la realidad más cruel posible, que me hicieron ver que estaba en medio de un aprendizaje y que llegaba el examen final, también llamado cambio vital o renacer. Puede que esos acontecimientos tuviesen algo que ver con mis energías, pero lo dejaré para otro momento. El caso es que lo maligno vino a mi encuentro y se quedó una temporada.
    Es evidente que para renacer antes hay que morir, así que decidí morir y volver al abismo original, el lugar que forjó mi personalidad cuando nadie confiaba en mí.
    Dentro del abismo me dediqué a pensar. Meditación extrema. Autoanálisis. Buscar causas, consecuencias y posibles soluciones. Hice balance de daños y valoré las pérdidas reales, para lo cual tuve que aniquilar mis emociones positivas y observar los acontecimientos en bruto y desde una perspectiva ajena a mi persona. Perdí a mi madre, es cierto, pero no el día en que murió, sino cuatro años antes. También me quedé solo, nunca fui el compañero vital deseado, quizás aquellos años de oscuridad, de bloqueos, de rutinas absurdas, de gente a la que odiaba. Acabé solo por mi culpa, es así, no voy a ocultarlo. Una parte de mi entorno, casi todo, deseaba convertirme en un cosa que no era, y así fue como abrieron la herida y convirtieron todo en un infierno que se me fue de las manos. Dicen que el fin justifica los medios, yo digo que un demonio solo puede estar con otro demonio. 




lunes, 10 de diciembre de 2018

Rodrigo Ratero




Hablar de la literatura de Ratero es como abrir una franja en el tiempo y revisitar la historia quinquillera. Aunque para algunos todo ese movimiento de adictos a heroína en busca de fama y fortuna ya no exista, para este magnífico y atrevido autor lo es todo. Y con esto no digo que sus historias sean repetitivas, ni mucho menos, todo lo contrario. Esta oda a los setenta, las referencias con aquellas increíbles películas que engrandecieron el cine de temática criminal, es santo y seña de su mordaz e incisivo estilo.
    Conocí a Ratero el mismo día que compré Maestro pocero (Editorial Gradiente, 2016), y desde entonces estoy ligado a su literario cordón umbilical. Me parece un autor auténtico. Es como tener un Irvine Welsh personalizado. En esta primera obra me imaginé al propio autor narrando sus vivencias, no lo puedo evitar. Una historia sucia, teñida de jaco, rebosante de sexo y tan real que resulta vomitiva (me apasiona leer algo así).
    Cuando empecé a leer Picos y colmillos (editorial Gradiente, 2017) ya llevaba unos meses comunicándome con el autor, y existía cierto nivel de comprensión existencial (sigue existiendo). Aunque me imaginaba lo que iba a leer, la sorpresa fue mayúscula. ¡Qué cojones!, me dije, este tío hace lo que quiere, es libre, le da igual mezclar yonquis y quinquis con vampiros y psicópatas. La forma de narrar estos tres relatos es maravillosa, pues utiliza varios personajes y sus distintas perspectivas para ligar los acontecimientos. Siempre en primera persona. Muy original y bien relatado. 
    Es más que evidente que no se trata de lectura para todos los públicos. Su ingesta puede herir la sensibilidad de muchas personas. Las escenas de sexo, que son muchas y variadas, la violencia, el abuso de drogas, los pinchazos. Literatura de barricada para mentes inquietas. No dudéis ni un instante… 


jueves, 1 de noviembre de 2018

Claroscuros






Para meterlo en el maletero le corta las piernas a la altura de las espinillas. Luis es demasiado alto y corpulento, y está tieso como una estaca. Clara no tiene problema en utilizar la motosierra, es más, la maneja con cierta soltura. Para no mancharlo todo de sangre y restos de carne cubre las paredes y el techo del garaje con plásticos. No es una profesional del crimen, pero le encanta el cine. Solo necesita una piara de cerdos hambrientos y tendría el problema solucionado.
    Envuelve el cadáver y los restos de piernas con plástico y cinta de embalar y lo mete todo en el maletero. Ahora tiene que elegir un buen sitio para enterrarlo y asunto arreglado. Es su plan.
    Conduce hasta una zona apartada del pueblo, un camino poco transitado a esas horas de la noche, y selecciona un buen emplazamiento, donde la tierra esté blanda y no haya encinas. Ni por asomo pretende que unos jabalís desentierren el premio gordo.
    Los faros del coche enfocan el final de fiesta. Clara tiene un pico y una pala. No los maneja de un modo correcto, pero consigue cavar un agujero lo suficientemente profundo y ancho. En menos de una hora el trabajo está completo y Clara respira tranquila —dentro de lo posible—. Saca un cigarrillo y, con las manos temblorosas, se lo enciende y fuma con ansia antes de arrancar el motor.
    El camino de vuelta se hace corto. Llega a casa, lo limpia todo a conciencia, se pega una buena ducha y lanza su cuerpo contra el colchón. Se queda dormida en cuestión de segundos, y el sueño le dura tres horas, hasta que suena el despertador, se despereza, vuelve a ducharse, desayuna y acude a su cita en la oficina.


Entra por la puerta aparentando buen cuerpo, pero en realidad se siente descompuesta, agobiada, fuera de lugar. Está en la oficina porque de no estarlo sería sospechoso.
    Enciende su ordenador y, como cada mañana, acude a la máquina de café, donde las conversaciones banales con sus compañeros logran atravesar su alma y reventarla. «¡Joder! Acabo de enterrar a Luis. Al maldito hijo de puta de Luis. No me lo puedo creer», piensa sin atender a sus compañeros.
    —¿Estás bien, Clara? —pregunta Lucía, con cara de falsa preocupación.
    —¡Eh! Sí, sí…
    Manuel no se puede callar y dice:
    —Claro que sí, ayer se fue con Luis y él todavía no ha llegado a la oficina. Yo no digo na, que luego to se sabe…
    Clara no puede contener las náuseas y se va corriendo al baño. Al infierno con el disimulo. Cuando sale, se acopla en su silla y pasa de todo el mundo durante ocho horas.
    Al acabar la jornada, Lucía y Manuel, algo inquietos, acuden a su cubículo y le dicen a Clara que Luis no contesta los mensajes, pero que sí los recibe. Es raro. Quieren saber qué ha pasado con él. Necesitan aclarar el misterio. ¿Hubo sexo o no?
    —Si queréis, os invito a cenar y hablamos de lo ocurrido —expone con misterio.


El timbre de su adosado suena a las nueve de la tarde. Son sus compañeros, con la preocupación disipada, risueños ante lo que piensan encontrarse: un nidito de amor cálido y mullido.
    Entran, se quitan los abrigos, besos, risas fugaces y miradas furtivas. Buscan a Luis por el chalet. Esperan encontrárselo por ahí sentado, con su chulería de siempre, orgullosos de haberse follado a Clara, la tía más difícil de la oficina. Soltera de oro. Inteligente. Independiente. Imposible de atrapar.
    Manuel no dice nada hasta que no se sientan en la mesa.
    —¿Y Luis?
    —No está aquí.
    —¿Y dónde está?
    —En el garaje.
    Lucía los mira incrédula. Prueba el pescado, está rico.
    Manuel se ríe. Clava el tenedor en su filete de mero y se lo lleva a la boca. Le parece un manjar.
    —¿Y qué hace en el garaje? —pregunta con la boca llena.
    —No hace nada.
    Durante la cena Manuel no hace más que insistir. Todavía piensa que se trata de un juego por parte de su compañero, muy dado a gastar extrañas bromas.
    Finalmente todos se relajan y acaban con la deliciosa cena que Clara les ha preparado.
    —El postre lo tomaremos con Luis, si os parece.
    Lucía sonríe y asiente.
    Manuel golpea la mesa y carcajea con desdén.
    —¡Puto Luis! —exclama en plan mono de feria.
    Clara va por delante. Enciende la luz de la escalera y los conduce lentamente hasta el garaje. Allí se encuentran con una mesa, cuatro copas y una botella de cava metida en un cubo con hielo. El resto no se diferencia de cualquier otro garaje.
    —Luis quiere que brindemos.
    Clara llena las copas y levanta la suya.
    —¿Luis no brinda? —Lucía sonríe con timidez después de lanzar la pregunta.
    —Primero nosotros. Es su deseo.
    Clara hace que bebe y observa a sus compañeros.
    —No tiene fuerza este cava —espeta Manuel.
    Clara pone música y baja la intensidad de las luces. Pasan los minutos y el baile comienza. Manuel y Lucía se dejan llevan por las extrañas y deformes frecuencias que son capaces de captar. Se sienten idos, ausentes. A los pocos minutos se tumban en el suelo, sonrientes, y pierden el sentido.
    Cuando despiertan están atados a dos sillas de camping. El garaje está forrado de plástico. La cosa no pinta nada bien para ellos.
    —¿Habéis oído hablar del Rohypnol? —pregunta Clara— Pues Luis sí, y esta botella de cava es la prueba. El muy hijo de puta la trajo anoche para cenar. Ha despertado a la bestia.