domingo, 11 de mayo de 2014

El diario discontinuo del Sr. Humo. I



Una simple continuación.



No hay un fondo de colores en esta historia. La ciudad es gris, y huele mal. La simpleza reina, todo es más vulgar de lo que parece, creedme. Solo hay que observar desde la lejanía: la contaminación tiene forma de hongo gigante, y es el aura principal de la gran urbe, una cúpula grisácea compuesta por humo. Así se presenta, escupiendo fuego e insultando al inocente. Es evocador, lúgubre y destructivo, lo sé, pero sigo mirando hacia delante, con la vista puesta en el horizonte. Los niños van de las manos de sus madres, cruzan los pasos de cebra creyendo que el fin del mundo está al otro lado de la calle, y es que así se lo hacen ver por todos lados, luego crecen y deciden qué creer. Los vagabundos duermen en los soportales de ciertos sitios, o en los cajeros automáticos, no tienen preferencias globales, solo poseen lugares a los que acudir cada noche; ellos son los héroes de la ciudad, los auténticos moradores del asfalto. Las señoras más viejas todavía piensan que la capital es un pueblo, y caminan en pijama por la calle, o en bata, hacen la compra en los mercados más antiguos, en las derruidas galerías con olor a pescado podrido. El abanico social de la ciudad es amplio, hay miles de personajes variopintos: drogadictos, borrachos, prostitutas, estudiantes sometidos a la desidia, trabajadores desdichados, niñas de papá, papás sin niñas, amas de casa, amantes desdichadas, artistas, pijos con síndrome de hippie y todo tipo de fauna desquiciada. También hay personas normales, lo sé, pero esas no me importan, no interesan, son la borregada del pastor. Prima un adjetivo, y es la clave de la capital: el desengaño profundo. De sus fauces nace la diversidad. Bien por una cosa o bien por otra, todo ser humano de los que se han topado conmigo en algún momento de mi jodida existencia, sin excepción alguna, ha sufrido un profundo desengaño, o varios; alguno está al borde de la locura en estos momentos, estoy seguro. ¿Por qué? No lo tengo claro, debe ser que no existe la confianza social. Vivimos días tenebrosos y pesados. Se persigue y extermina cualquier rincón donde la felicidad puede brotar. La sociedad es decadente y está en decadencia. Nerón está quemando nuestra decrépita metrópoli, en vivo y en directo, y nosotros no estamos haciendo nada. Y la nueva estación no ayuda, el verano no ayuda, no. Hace calor, bochorno; las hierbas verdes se empiezan a secar, la ropa sobra, la carne vuelve a aparecer. Sin embargo, me apasiona sudar en el sofá, con la persiana bajada, la televisión encendida y una cerveza fría en la mano.



*



Es domingo. Me dispongo a tomar una cerveza en estos momentos. Acabo de tirar de la chapa superior de la lata, esa anilla que parece un objeto de valor incalculable en este siglo. La gente recoge estas chapas como si fuesen oro, y lo mismo pasa con los tapones de la botellas. Nos venden esa mierda de salvar vidas a cambio de recoger basura, y algunos de nosotros nos lo creemos, pero ¿quién soy yo para meterme en la felicidad de los demás? Es mejor ser idiota, se sufre menos. Algunos no saben dónde llevar los tapones, es como si el gobierno los odiase a muerte, y nos obligan de forma moralista a recolectarlos para que desaparezcan poco a poco. Pensadlo, en serio. Aunque igual debería pediros perdón por ofreceros mi visión desalentadora, pero no puedo evitarlo, vivo en una película de ciencia ficción, y no paro de crear confabulaciones. Pienso a tiempo completo, lo siento. Perdonad, empezaré de nuevo. No sé por qué os estoy hablando de esta basura de ideas. Voy a beber, a sentir el amargor de la cerveza fresca. Os hablaré un poco de mí y dejaré mis ideales a un lado, si puedo.

    Tengo un empleo, pero no es algo serio. Para ser sincero, nada en mi existencia es serio. No vivo la vida de una forma sensata, es eso, eso es lo correcto, es lo que ocurre. Me gusta caminar por la ciudad, y cuando puedo lo hago, sea necesario o no. Perderme entre los callejones, descubrir tiendas extrañas, hablar con desconocidos, observar idiotas. Soy como el humo, así me veo. Es más, mis amigos me llaman Humo. Dicen que deambulo de un lado a otro, que me disipo y desaparezco. No me toméis como un tipo duro, solo soy un fauno de asfalto y bourbon, un tío inusual con unos pensamientos incontrolables: abro la boca y disparo. A veces pienso en lo que pueden estar pensando de mí los idiotas, supongo que tendrán insultos, sé que los tienen. A veces leo en sus miradas de borrego, puedo hacerlo. Joder, la vida es demasiado corta, no se puede perder el tiempo de mala manera. Para bien o mal, hay que ser auténtico. Solo valoro la autenticidad de las personas, y si un idiota es auténtico, que alguno hay, lo juzgo de buena manera, con un poco de asco, pero lo tengo en cuenta.  

miércoles, 7 de mayo de 2014

Sin dedos



   

Me estaba tomando una copa de bourbon con hielo en vaso ancho. Recuerdo bien aquel antro poco iluminado. Sonaba buena música, olía bien. Frente a mi mesa había cuatro tipos jugando una partida de póker. Contando al camarero éramos seis personas, cinco hombres y una mujer. Ella ocupaba una banqueta en el rincón de la barra. Comía pepinillos gigantes y bebía Martini con limón. Ellos tomaban todos lo mismo, whisky solo sin hielo. Era una situación frívola, ¿qué hacía yo en aquel lugar perdido? Nada, no hacía nada. Pero la vida debía continuar, y mi sino era perderme, desaparecer. Beber en soledad escondido en rincones de mala muerte era algo más que una afición. Y allí estaba, en un lugar desconocido rodeado de personas extrañas. Bebiendo sin especular.
    Algo por dentro me obligaba a mirar a la dama de la barra. Llevaba un espectacular vestido rojo. El escote era una delicia, una tortura visual, un querer y no poder. Se trataba de un auténtico bombón, y no parecía joven. Su rostro era frío; lucía una mirada penetrante y vacía. Ella no dejaba de mirar a los tipos, y ellos gritaban como si ella no existiese, se enojaban los unos con los otros mientras daban manotazos a la mesa. Al camarero no parecía importarle el alboroto, es más, a eso de las doce echó el cierre a la mitad y se puso a barrer el interior de la barra. Ella pidió otro Martini, y cuando se acabó mi copa, llamó la atención del camarero y me invitó amigablemente a otra ronda. No pensé en sexo, me tomé aquello de otra manera. Al recibir la copa ella me guiñó un ojo y lanzó un sensual beso dirigido a mi persona. Sonreí sin querer, igual que un niño inocente en una película muda. Ellos seguían ausentes, en otro plano.
   Pasaron los minutos. El camarero limpió todas las mesas libres y colocó las sillas encima. Barrió el antro y volvió tras la barra. Solo atendía la mesa de los jugadores, nada más. La cantidad de dinero que había sobre la mesa de los tipos era descomunal, pero mi atención seguía clavada en la figura de la dama del vestido rojo. Ella llevaba unos guantes de tela negra muy elegantes, y un pequeño bolso de cuero negro. Sus zapatos también eran negros, al igual que las medias y el pelo. Poco a poco se despojó de uno de los guantes, el de la mano derecha. Observé que le faltaban dos dedos, el meñique y el anular. Introdujo su mano izquierda en el bolso y sacó un pañuelo de seda roja. Me miró fugazmente y se cambió el pañuelo de mano. Lo agarró sutilmente con la punta de sus tres solitarios dedos. Se puso en pie y me susurró algo imposible de escuchar desde la distancia. Volvió a meter la mano izquierda en el bolso y sacó un gigantesco revolver. Se giró hacia la barra y, sin dilación o temblor, le voló la cabeza al camarero. El ruido fue ensordecedor. Los tipos frenaron los gritos e intentaron reaccionar, pero fue inútil. Los dos primeros cayeron sin darse cuenta de nada. Estaban de espaldas. Al primero le atravesó el cuello, el balazo le entró por la nuca y abandonó su cuerpo por la tráquea. El segundo murió con el corazón traspasado, el disparo entró por la espalda y salió por el pecho. Se desplomaron prácticamente a la vez, fue algo rápido, vil, frío, calculado y sangriento. El tercero intentó huir. El proyectil impactó en su sien. Murió en el acto. El miedo se apoderó de mí completamente, fui su presa fácil. Me quedé inmóvil mirando la escena, embobado. Ella caminó lentamente hacia el último tipo. Lanzó el pañuelo sobre la mesa y realizó dos disparos certeros y resueltos. Uno en cada ojo de la víctima. Acto seguido, puso el arma sobre el pañuelo, volvió a la barra, se bebió la copa de un trago y desapareció para siempre. La quietud de la última víctima se mantuvo en el ambiente. Respiré profundamente y bebí. Terminé la copa. Pensé en ella. En lo que acababa de ver. No pestañeé. No busqué un final feliz. Levanté el culo de la silla y me largué de allí con el vaso en la mano. Eso es todo lo que puedo decir de aquella noche. No llamé a la policía. Me fui a casa y dormí hasta el día siguiente.

domingo, 2 de febrero de 2014

Presentación de Tres ochos // 88,8 versión dissident ilustrada

"Apocalípsis y regeneración"

“Describo el lado sórdido porque creo en el hombre”, dijo Aragonés en la presentación de "Tres ochos"

    La visión apocalíptica de ‘Tres ochos’ no es una desesperación sino un aldabonazo ante esta sociedad que se nos derrumba en cada paso”, manifestó el escritor Daniel Aragonés en la presentación de su último poemario “Tres ochos // 88.8”, que tuvo lugar el pasado viernes en el Centro Social y Cultural Trilce de Pinto.  Aragonés estuvo acompañado del artista e intelectual Fernando Ferro quien aportó su particular visión sobre la literatura ‘maldita’.

    Ferro hizo un brillante repaso por los principales autores de la literatura apocalíptica hasta llegar al origen de todos ellos: el evangelista San Juan. “Todos estos hombres y mujeres que pronostican derrumbes totales y tiempos apocalípticos, creen en el hombre, en el ser humano y su enorme capacidad para cambiar las cosas”, señaló Ferro. “Estoy totalmente de acuerdo contigo”, le contestó Aragonés, “yo también describo el lado sórdido de la realidad, pero porque creo de verdad que el hombre puede cambiar las cosas, mejorarlas, sublimarlas”.



    












Extraido de la revista digital ZIGZAG

miércoles, 25 de diciembre de 2013

"Falsos senderos de cieno"



Persigo los dobles pasos
del profeta ruin.
Atravieso falsos senderos
de cieno y piedra.
Avanzo en dirección al fuego.

Los disparos silban
al rozar mi sien.
Así es el juego.
Los banjos resuenan.

Millones de extraños
demonios emergen del suelo.
La garra de la democracia
tiene dueño.

Los gritos son atronadores.
El camino no es sólido.
Las visiones no son reales.
El olvido se mezcla con la rutina.
Es la senda de las frases diversas.

Las calderas rugen; el ciclo muere.
No ansío el secreto de la vida.
Solo sigo rumbos perdidos
y desiertos. 
Me pierdo en el agujero.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Fondo fangoso





Mis pies se hunden
en la índole del problema.
Las ventanillas que expenden
consejos echan humo denso,
arden, arruinan contraseñas.

Esto no es poesía.
Se trata de la decadencia,
de la ruina.

Las paredes del pozo
parecen apocadas,
lloran, susurran, explotan.
No existe perdón para
los seres detestables.
Sin embargo, no temo,
mi fondo fangoso contiene
la claridad necesaria.

Nunca deseé quedar bien,
poetizo con la muerte.

No creo en las profecías;
no me asustan las amenazas.
El fondo fangoso es lo único que existe.
Y en su interior me entierro, decaigo.
Todo empieza y acaba.

Soy un ser espeso y contento.
Un réptil electrificado.


"Celdas de cristal"



Me siento confuso.
Son las emociones,
están revueltas,
se han vuelto cambiantes.
Las palpitaciones flotan
en el aire.

La señora blanca ahora es azul.

Celdas de cristal.
Sentimientos anclados al minutero.
Reacciones continuas.

La señora azul observa de lejos.

Estoy encerrado en una
burbuja de cristal.
Me siento confuso.
Son las emociones,
que ya no están disponibles.

La señora azul usa pintalabios cicatriz.

Son las celdas de cristal ahumado.
El cementerio de sentimientos
prohibidos.
El rincón de la lujuria pasional.

Tres ochos// 88,8 Versión Dissident ilustrada.

Alfasur editorial vuelve a apostar fuerte. Tres ochos// 88,8, versión dissident ilustrada.
Poemario e imágenes malditas. Pensamientos irreverentes.
Ya está en la calle. Lo podéis conseguir llamando a la editorial: 91 692 28 88. Os lo enviarán sin costes adicionales, por tan solo 12 euros. También lo podéis comprar en vuestra librería habitual.
El lunes os paso el ISBN.
Contiene ocho poemas nuevos.
Cartel fabricado por Carlos Rodon, el ilustrador de la obra.
Un trabajo muy bonito, terrorífico y revelador.
Comprando esta obra estaréis financiando la carrera de dos artistas, no lo olvidéis.

Todos aquellos que la obtengáis antes del 28 de Febrero entraréis en un fabuloso concurso.

El concurso, pincha aquí... 

martes, 29 de octubre de 2013

De vuelta al parque



   

    Las aspiraciones vitales se difuminaban de una forma humillante. La esperanza era humo, y la sociedad viento tempestuoso. Solo me quedaba la vulgar tarea de pasear cada mañana sin rumbo fijo. Me levantaba temprano, a las siete, desayunaba algo ligero y bajaba a la calle. Pasaba por el parque, allí me encendía un cigarro. Me relajaba echar el humo y ver como se mezclaba con el aliento del invierno; parecían bocanadas de almas blanquecinas. Quería ser humo gris. Atravesaba los callejones de las casas viejas y me adentraba en la calle Real. Me gustaba llegar al boulevard y fumarme otro cigarro sentado en uno de esos bancos de piedra tan incómodos y fríos. Los viandantes caminaban a toda velocidad, luciendo caras de zombi y ansiando unas vidas correspondidas. “¡Maldita rutina de mierda!”, pensaba. Cuando abrían el horno, a las ocho, me compraba una empanada y una lata de cerveza. Bajaba por la calle de la comisaría hasta llegar al parque de la Dehesa. Al llegar, sacaba la empanada del envoltorio y la devoraba mientras visualizaba la cerveza.
    Odiaba trabajar, me asqueaba es sistema. Los trabajos no me duraban ni un asalto. Tenía mis propias marcas: Un día, dos; tres semanas; un mes. A veces la cagaba en la entrevista previa. Mis relaciones laborales eran un auténtico y jodido desastre, odiaba a la gente vulgar, me horrorizaba la ordinariez atrapante. Eran mis ideales, y se veían de lejos, a kilómetros. Me indigestaba pensar en una vida normal, pero no quedaban vacantes en la zona de las iniciativas claras y palpables. Pasaba los días soñando con la solución. Cada día era una cosa distinta, aunque las fantasías artísticas predominaban. Me apasionaba hacer música y escribir letras, poemas y pensamientos; quería dedicarme a plasmar mis opiniones. Me veía como un artista incomprendido, como una mierda. Llenaba cuadernos con ideas y dibujos extraños; era una pasión, un no parar. Era un chico deprimido que cargaba con un cuaderno y un boli, nada más, un depósito de ideas provisto de un grifo. La oscuridad y yo éramos uno. Un chico bohemio, eso era. No solía tener mucho dinero. Sobrevivía como podía. Tiraba de ahorrillos, cobraba prestaciones o trapicheaba con drogas a baja escala, sin cantearme. En ocasiones tuve las tres cosas, pero también estuve sin nada, a cero.
    Abandonaba el parque después de haberlo atravesado por completo. En el trayecto me fumaba otro par de cigarros. Al llegar al lago, cogía el camino de los montículos y entraba de nuevo a la ciudad. Solía hacerlo a la altura del pabellón Miguel Delibes. A las once me daba una vuelta por el único centro comercial que atesoraba la ciudad. A esa hora ya me había fumado ocho o  diez cigarros y algo de hachís. Tenía que prepararme, entrar al centro comercial era la prueba de fuego. Veía a las cajeras, a los reponedores, a los engreídos encargados de postín, a las marujas repelentes, a los guardias  de seguridad con complejo de dios, a las dependientas que se creían modelos, a los niños que no iban al colegio, a los gitanos y toda la fauna inclasificable que recorría los pasajes del enorme comercio.
    Eran las mañanas furtivas de la debacle y los paseos interminables. El viaje de la anarquía. Pero todo tenía una especie de final. A las dos volvía al parque. Siempre había colegas a esa hora, y ocupaban el mismo banco. Casi todos fumaban hachís, y muy pocos eran constantes en sus vidas. La mayoría estaban en el paro. Era mi gente, mi auténtica gente. Allí pasé los días más alegres de mi vida. Compartí mi alma con toda esa gente perdida. 
    Estábamos perdidos, pero éramos felices compartiendo nuestra basura diaria.