miércoles, 25 de diciembre de 2013

"Falsos senderos de cieno"



Persigo los dobles pasos
del profeta ruin.
Atravieso falsos senderos
de cieno y piedra.
Avanzo en dirección al fuego.

Los disparos silban
al rozar mi sien.
Así es el juego.
Los banjos resuenan.

Millones de extraños
demonios emergen del suelo.
La garra de la democracia
tiene dueño.

Los gritos son atronadores.
El camino no es sólido.
Las visiones no son reales.
El olvido se mezcla con la rutina.
Es la senda de las frases diversas.

Las calderas rugen; el ciclo muere.
No ansío el secreto de la vida.
Solo sigo rumbos perdidos
y desiertos. 
Me pierdo en el agujero.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Fondo fangoso





Mis pies se hunden
en la índole del problema.
Las ventanillas que expenden
consejos echan humo denso,
arden, arruinan contraseñas.

Esto no es poesía.
Se trata de la decadencia,
de la ruina.

Las paredes del pozo
parecen apocadas,
lloran, susurran, explotan.
No existe perdón para
los seres detestables.
Sin embargo, no temo,
mi fondo fangoso contiene
la claridad necesaria.

Nunca deseé quedar bien,
poetizo con la muerte.

No creo en las profecías;
no me asustan las amenazas.
El fondo fangoso es lo único que existe.
Y en su interior me entierro, decaigo.
Todo empieza y acaba.

Soy un ser espeso y contento.
Un réptil electrificado.


"Celdas de cristal"



Me siento confuso.
Son las emociones,
están revueltas,
se han vuelto cambiantes.
Las palpitaciones flotan
en el aire.

La señora blanca ahora es azul.

Celdas de cristal.
Sentimientos anclados al minutero.
Reacciones continuas.

La señora azul observa de lejos.

Estoy encerrado en una
burbuja de cristal.
Me siento confuso.
Son las emociones,
que ya no están disponibles.

La señora azul usa pintalabios cicatriz.

Son las celdas de cristal ahumado.
El cementerio de sentimientos
prohibidos.
El rincón de la lujuria pasional.

Tres ochos// 88,8 Versión Dissident ilustrada.

Alfasur editorial vuelve a apostar fuerte. Tres ochos// 88,8, versión dissident ilustrada.
Poemario e imágenes malditas. Pensamientos irreverentes.
Ya está en la calle. Lo podéis conseguir llamando a la editorial: 91 692 28 88. Os lo enviarán sin costes adicionales, por tan solo 12 euros. También lo podéis comprar en vuestra librería habitual.
El lunes os paso el ISBN.
Contiene ocho poemas nuevos.
Cartel fabricado por Carlos Rodon, el ilustrador de la obra.
Un trabajo muy bonito, terrorífico y revelador.
Comprando esta obra estaréis financiando la carrera de dos artistas, no lo olvidéis.

Todos aquellos que la obtengáis antes del 28 de Febrero entraréis en un fabuloso concurso.

El concurso, pincha aquí... 

martes, 29 de octubre de 2013

De vuelta al parque




   

    Las aspiraciones vitales se difuminaban de una forma humillante. La esperanza era humo, y la sociedad viento tempestuoso. Solo me quedaba la vulgar tarea de pasear cada mañana sin rumbo fijo. Me levantaba temprano, a las siete, desayunaba algo ligero y bajaba a la calle. Pasaba por el parque, allí me encendía un cigarro. Me relajaba echar el humo y ver como se mezclaba con el aliento del invierno; parecían bocanadas de almas blanquecinas. Quería ser humo gris. Atravesaba los callejones de las casas viejas y me adentraba en la calle Real. Me gustaba llegar al boulevard y fumarme otro cigarro sentado en uno de esos bancos de piedra tan incómodos y fríos. Los viandantes caminaban a toda velocidad, luciendo caras de zombi y ansiando unas vidas correspondidas. “¡Maldita rutina de mierda!”, pensaba. Cuando abrían el horno, a las ocho, me compraba una empanada y una lata de cerveza. Bajaba por la calle de la comisaría hasta llegar al parque de la Dehesa. Al llegar, sacaba la empanada del envoltorio y la devoraba mientras visualizaba la cerveza.
    Odiaba trabajar, me asqueaba es sistema. Los trabajos no me duraban ni un asalto. Tenía mis propias marcas: Un día, dos; tres semanas; un mes. A veces la cagaba en la entrevista previa. Mis relaciones laborales eran un auténtico y jodido desastre, odiaba a la gente vulgar, me horrorizaba la ordinariez atrapante. Eran mis ideales, y se veían de lejos, a kilómetros. Me indigestaba pensar en una vida normal, pero no quedaban vacantes en la zona de las iniciativas claras y palpables. Pasaba los días soñando con la solución. Cada día era una cosa distinta, aunque las fantasías artísticas predominaban. Me apasionaba hacer música y escribir letras, poemas y pensamientos; quería dedicarme a plasmar mis opiniones. Me veía como un artista incomprendido, como una mierda. Llenaba cuadernos con ideas y dibujos extraños; era una pasión, un no parar. Era un chico deprimido que cargaba con un cuaderno y un boli, nada más, un depósito de ideas provisto de un grifo. La oscuridad y yo éramos uno. Un chico bohemio, eso era. No solía tener mucho dinero. Sobrevivía como podía. Tiraba de ahorrillos, cobraba prestaciones o trapicheaba con drogas a baja escala, sin cantearme. En ocasiones tuve las tres cosas, pero también estuve sin nada, a cero.
    Abandonaba el parque después de haberlo atravesado por completo. En el trayecto me fumaba otro par de cigarros. Al llegar al lago, cogía el camino de los montículos y entraba de nuevo a la ciudad. Solía hacerlo a la altura del pabellón Miguel Delibes. A las once me daba una vuelta por el único centro comercial que atesoraba la ciudad. A esa hora ya me había fumado ocho o  diez cigarros y algo de hachís. Tenía que prepararme, entrar al centro comercial era la prueba de fuego. Veía a las cajeras, a los reponedores, a los engreídos encargados de postín, a las marujas repelentes, a los guardias  de seguridad con complejo de dios, a las dependientas que se creían modelos, a los niños que no iban al colegio, a los gitanos y toda la fauna inclasificable que recorría los pasajes del enorme comercio.
    Eran las mañanas furtivas de la debacle y los paseos interminables. El viaje de la anarquía. Pero todo tenía una especie de final. A las dos volvía al parque. Siempre había colegas a esa hora, y ocupaban el mismo banco. Casi todos fumaban hachís, y muy pocos eran constantes en sus vidas. La mayoría estaban en el paro. Era mi gente, mi auténtica gente. Allí pasé los días más alegres de mi vida. Compartí mi alma con toda esa gente perdida.
    Estábamos perdidos, pero éramos felices compartiendo nuestra basura diaria.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Solo es una historia...




    –No, es que Mirlo solo puede comunicarse por esta vía, las otras no le gustan –dijo Jilguero.
    Halcón pensó que Mirlo era gilipollas, aun así decidió acceder a la forma. También pensó que Jilguero era idiota.
    –Haré lo que pueda, Jilguero, díselo a Mirlo.
    Halcón se esforzó al máximo y finalmente encontró esa forma. Días después se dio cuenta de que tanto Mirlo como Jilguero pasaban de comunicarse.

Moraleja: Halcón come mirlos y jilgueros, y ellos se tragan cañamones como pelotas de tenis.

A veces las historias no tienen sentido, son solo historias.