miércoles, 11 de octubre de 2017

Acidez





Sequedad. Ahogo.
Lágrimas que se convierten
en espejismos de tristeza.
Ideas rotas y en desuso.
Amigos que desaparecieron
para siempre.

Todo forma una enorme
bola de mentiras.

La sequedad es angustia.
El ahogo son mis propias manos,
estrangulándome.
Lágrimas de alegría.
Ideas en plena renovación.
Amigos que nunca existieron.

La bola se deshace
y pasa a formar parte
del agua de la taza
del majestuoso váter.

domingo, 8 de octubre de 2017

Reconexión







Intento contactar con los espíritus protectores. Cierro los ojos, visualizo. Existe un bloqueo y urge reconexión.
    ¿Qué hacer?
    ¿Por qué hacerlo?
    Necesito olvidar, recolocar y continuar con mi «farsa interna».
    Lanzo los dados sobre la cama y les hago preguntas, como si ellos tuviesen las respuestas que busco. Calavera y martillo es la mejor tirada. El resto no sirve de nada en estos momentos.
    ¿Qué hacer?
    ¿Para qué hacerlo?
    Mis pensamientos están centralizados y no logro sacarlos del maldito bucle en el que se encuentran. Sé que tengo las herramientas necesarias, pero estoy atascado, desconectado de mí mismo. En otro lugar.
    Perdido en la cueva.
    Con toda esa gente dando codazos.
    Echo la vista atrás y reorganizo recuerdos. Ya me pasó otras veces. Tuve una dolencia y no podía dejar de pensar en ella. Tuve problemas y era incapaz de apartarlos de mi lado. Soy un esclavo de mis emociones.
    ¿Qué hacer?
    Los mensajes desaparecen en el firmamento. Los gritos son absorbidos por la nada. Espanto. Risas histriónicas. Resentimiento. 
    ¿Por dónde van a venir las hostias?
    ¿Qué hacer cuando lleguen?
    Quiero enderezar mi cuerpo y formalizar mi nuevo y volátil estado. Abrazar a la persona elegida y perderme entre sus besos. Hablar con todos esos amigos que rellenan el hueco que falta. Sonreír para evitar el llanto. Respirar.
    Reconectar.
    Escribir.
    Llevar mis ideas al abismo.




miércoles, 4 de octubre de 2017

Llorar





No alcanzo a distinguir los motivos, las causas. Últimamente lloro, me desmonto por dentro. Es algo que no logro controlar. Quizás quiera recuperar algo que ya no existe. Igual son palabras amontonadas en algún rincón, incapaces de abandonar mi mente. Un tumor invisible, inexistente, que se convierte en nudo y oprime mi pecho.
    Versos con forma de taladro.
    Pena convertida en vaso de tubo.
    Gotas saladas que cierran las puertas de mi estómago y me obligan a pensar en mi muerte. Ya sé que suena triste, pero es que una parte de mí es triste, ¿acaso no me conoces? Me alimento de melancolía, la digiero y luego la excreto contra el papel en forma de basura emocional. Así funciona esto. A unos les hace daño lo que digo, otros se sienten identificados, los aludidos me señalan y la gran mayoría me ignora.
    «Conocemos al escritor, sí, pero no hemos leído nada suyo».
    Todo lo causa el amor.
    Amores que se enquistan. Amores que tienen la obligación de desandar el camino y volver al punto de partida. Amores eternos incapaces de morir en el intento. Amores que convierten el día a día en un mar de emociones brillantes y hermosas. Amores de hielo que ni la estrella más potente logra descongelar. Amores convertidos en asco y pena.
    Si no fuera por el amor estaría ahogado en un océano de lágrimas. Lloraría durante todo el día. Habría muerto. Necesito el amor en todas sus variables.
    Párrafos de agua salada en los que me hundo.
    Lagrimales secos, cristalizados.
    Recuerdos de una vida que jamás volverá a ser igual. Fotogramas pasados. Diapositivas que me convierten en falso moribundo. «Solo es una mala racha», me digo una y otra vez. Pero no es verdad. La ansiedad está presente. Me persigue, me aísla, me tortura. «¿Ya te has ido?», le pregunto; y ella responde con una punzada en el pecho.
    Solo hay que olvidarla para que deje de existir.  




domingo, 27 de agosto de 2017

Odioso blues nocturno







Los gorilas malparidos de Jan no dejan de mirarme. Tienen una especie de fijación conmigo. Lo noto en sus caras de retrasados mentales. En cada gesto. Están esperando una señal para lanzarse contra mi yugular.
    Procuro mantenerme firme.
    Saco un cigarro. Marco media sonrisa. Enciendo el cigarro.
    ¿Qué hago aquí? No lo sé, y tampoco me importa. Esta situación es como cualquier otra.
    ¿Qué hace un tipo con aspiraciones perdiendo el tiempo en un trabajo de mierda? ¿Qué hace la gente pegándose enfermedades de transmisión sexual? No tiene sentido ir más allá de lo que uno tiene delante.
    Jan golpea con fuerza el rostro de Vibi. Los puñetazos se suceden. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Nada puede hacer el joven marroquí, atado a una silla de metal oxidado.
    Pequeñas gotitas de sangre impactan contra mi camiseta. Una me entra en el ojo. Escuece.
    Jan carcajea de vez en cuando. Disfruta sintiendo el poder. Le gusta tener el control. Someter. Dictar normas.
    —Musulmanes, cristianos, judíos… ¡Me importan todos una puta mierda! —exclama—. Me debe pasta, Ezequiel, este hijo de puta me debe pasta. Igual que tú. —Me mira fijamente a los ojos—. La pasta manda, rige mi puta vida. —Cierra el puño y revienta una ceja de Vibi—. No puedo dejar que estas cosas pasen. Tengo que marcar mi puto territorio.
    Imagino mi cabeza bajo la bota de Manu el Gigante —uno de los matones.
    —¡El jefe te está hablando! —suelta el conocido y recién imaginado gorila, dando un codazo a su enorme y descerebrado compañero.
    —No, Manu, no. Recula —Jan le habla como si fuese un perro—. Ezequiel merece un trato distinto. 
    —Es un mierda —suelta Manu mirando a Ricardo, su compañero—. No tiene nada que hacer con nosotros.
    Manu y Ricardo. Gigante y Troncha-caras. Pringado y Miérdalo. Tordo-fresco y Suela-bota. Polla-verrugosa y Culo-peludo.
    —Te voy a pagar —digo mientras esquivo mis pensamientos sarcásticos—. Pronto.
    —Ya lo sé —contesta Jan—. No dudo de tu integridad.
    —¿Entonces? ¿Para qué cojones me haces llamar? Sabes de sobra que me afectan mucho este tipo de quedadas. No me gusta ver cómo revientas a un tipo indefenso.
    —¿Llamas quedada a esto? —inquiere Manu, haciendo gala de su profunda gilipollez.
    No puedo contenerme y contesto de inmediato:
    —Tres amigos que se divierten pegando palizas, atando niñatos, enterrando cadáveres, ajustando cuentas: ¿cómo lo llamas tú? ¿Trabajo? ¿Hacer el payaso? ¿Limpiar el mundo de tipos alimentados por manos negras? ¿Qué harías sin los Vibis del mundo? ¿Limpiar fregaderos de restaurantes chinos, chupar mierda fresca de inodoros, agarrar pollas de toro para meterlas en vaginas de vaca?
    Manu da un paso al frente y cierra el puño. Vienen a por mí.
    Lo miro. Hago cálculos. Entre los dos gorilas pesan doscientos treinta kilos. Si analizasen el contenido de sus estómagos hallarían toda clase de sustancias dopantes. De sus doce litros de sangre, seis son batido de proteínas. Entre los dos suman media novela leída. Para ellos el periódico es cuando a sus parejas les viene la regla. Son el prototipo ideal de idiota. Ovejas anfetamínicas guiadas por el sinsentido.
    Jan saca una pistola y grita:
    —¡Ya está, joder! Liberad al Vibi y que se vaya con su puta madre, ¡venga, cojones! Ya sabe lo que tiene que hacer.
    Manu y Ricardo agachan la cabeza y acatan las órdenes.
    Miro la pistola y digo:
    —Si vas a usar esa cosa conmigo date prisa, he quedado.
    Vuelvo a dibujar media sonrisa en mi rostro. Apuro el cigarro.
    —¡Odio esa puta mueca! —suelta Jan, entre dientes.
    Hoy puede ser mi último día entre los vivos, lo asumo. Mi fachada de tipo duro solo esconde miedos y rencor. Estoy jodido.
    —Dame una semana —intento rebajarme.
    —Olvida la puta la deuda. Te la cambio por un trabajo. Solo uno.
    Nunca quise verme envuelto en ciertos asuntos, pero ya es tarde para recular. No fue buena idea pedirle pasta a Jan. Ahora lo veo.
    —Solo uno —repito.
    —Solo uno.
    —¿De qué se trata?
    —Te lo contaré todo esta noche, en el restaurante  —expone.
    —Ya te he dicho que he quedado —intento bromear.
    —¡Pues lo anulas, joder! —Me mira—. A las diez.
    —Seré puntual.