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J. Daniel Aragonés Cuesta

domingo, 12 de marzo de 2017

Visita virtual







¿Cuál es mi realidad? No tengo claro que la quieras conocer. En serio, lo digo de verdad. De ahí lo de visita virtual, para bloquear cualquier intento de convertir en algo físico nuestro encuentro. Será algo banal. No muy distinto a los noticiarios (puedes imaginarme desnudo si te hace más feliz).
    Empezaré diciendo que acabo de leerme Matadero cinco y me ha parecido una novela espectacular. Crudeza. Viajes en el tiempo. Y mucho humor negro.
    Para continuar romperé un mito:
    No me llega para dedicarme solo a la escritura. ¿No lo sabías? Pues ya lo sabes. Algún día, con la siguiente novela. De momento me toca hacer otras cosas: ordeñar jirafas, robar cartones de huevos vacío, mendigar en garitos de mala muerte (traducido como «vender novelas en cualquier esquina»), mentir como un bellaco, falsificar billetes de cuarenta euros y trabajar con las manos (ja, ja, ja).
    Así es.
    Nos creemos «millón» y no llegamos ni a decimal. No hay nada de malo en ello, que conste. Así de severa se presenta la madre realidad. Somos un compendio de títulos y habilidades que nos convierten en ganado empresarial.
    ¿Quieres conocer mi rincón?   
    En la visita virtual utilizaré una cámara Go-pro y enseñaré mi casa mientras monto en triciclo (¡BRUTAL!). Pasaré por el rincón donde destrozo textos y construyo historias satíricas. Derraparé en el salón, que a su vez es estudio, lugar de retiro y espacio dedicado a la lectura. Baño, cocina y dormitorio no interesan a nadie. Para finalizar, entraré por un agujero de gusano, situado en el sofá, y apareceré en el hotel del resplandor conduciendo mi triciclo. Nada original, ya lo sé, pero así funciona esto. El circuito completo es una locura sin sentido. Como la vida (empiezas montado en el dólar y acabas sepultado bajo una tonelada de monedas de céntimo).
    ¿Cuál es mi realidad? Eres muy pesado, te lo digo de corazón. No te interesa mi realidad, créeme. Guíate por las etiquetas (Escritor Maldito, Poeta Apocalíptico) y no quieras escarbar. Como única pista, te digo que nada que ver con Bukowski.
    Soy el Dr. Irreverente, y Surrealismo Subjetivo (S2) es mi casa…




viernes, 17 de febrero de 2017

Demonio de acero





Hay una mujer tumbada en el descansillo de mi casa. Está desnuda. Su piel, de un tono azulado, no muestra brillo o sudoración. Pongo la mano en su cuello, totalmente frío. No tiene pulso. La observo con detenimiento. Me sorprende estar tan tranquilo y sosegado. Sus labios, única muestra de color vivo, están pintados de rojo intenso. Tiene los ojos cerrados y las pestañas negras como el carbón, igual que su pelo, peinado con delicadeza. Mi primera impresión es dura.
    «La han colocado aquí», pienso.
    Saco el teléfono y marco el 112.
    Me cuesta llamar.
    Un extraño sentimiento me nubla la mente en estos instantes. Me apetece tocar el cadáver. No de una forma lasciva. Es algo instintivo, como si me estuviese enamorando de un alma en transición. Esos ojos, sus labios. El silencio que rezuma. Los susurros inaudibles que creo percibir.
    Parpadeo diez o doce veces. Me llevo la mano al pecho. Trago saliva. «No puede ser», me digo. Noto la ansiedad. Muy distinta a la de otras veces. No tengo miedo. Es amor, casi podría asegurarlo. ¿Por qué? No lo sé. Jamás hubiese imaginado algo así en toda mi triste existencia. «Cómo puede ser». Soy incapaz de moverme. No puedo darle la espalda y llamar para que se la lleven.
    Trago saliva. En realidad trago sequedad.
    Necesito un bourbon.
    Mis pulmones requieren una ración cilíndrica de humo.
    Son las seis de la madrugada. El silencio y la oscuridad reinan las calles. Tan solo destacan la amarillenta luz de un farol aislado y algún maullido solitario. El resto de la acción se centra en los latidos de un corazón demasiado herido, el mío.
    Guardo el teléfono. Me agacho. Respiro profundamente.
    Pongo la mano derecha sobre uno de sus muslos. Soy un maldito enfermo. Cierro los ojos y me centro en el tacto. La frialdad de su piel me produce escalofríos. Noto la electricidad corriendo por mi nuca. Soy un enfermo que acaba de descubrirse ante el mundo. Enamorado de la muerte, de la oscuridad, de lo prohibido.
    Abro los ojos.
    La miro.
    Es hermosa. La mujer más hermosa del mundo. No necesito sentir su mirada. No me hace falta conocer el color de sus ojos. Sea lo que sea, va más allá de la razón. Amor mortal. Un cariño tan atávico como la figura de un demonio de acero rodeado de magma.
    Esos senos. Perfectos. Con los pezones color bronce. Puntiagudos. Duros. Parecen de goma. Parecen estar llamándome a gritos.
    Soy un enfermo, lo sé.
    Me avergüenza estar arrodillado frente a un cadáver y sentir todo esto. Me sobrepasa. Olvidemos el morbo por un momento. Es necesidad. Algo me incita de forma inhumana.
    Finalmente me dejo seducir y rozo uno de sus senos con delicadeza. No quiero ser irrespetuoso. Todo lo contrario.
    Abro la mano y cubro con ella el seductor pecho.
    Cierro los ojos y viajo a ese lugar interior que todos tenemos. Al templo sagrado del orden espiritual. En mi caso, se trata de una cabaña en mitad de un enorme lago helado.
    Solo siento el tacto de su piel. Quiero notar calor, pero es una ilusión. La frialdad no solo posee mi interior.
    Pienso en mi propia decadencia como ser humano. Cómo se puede caer tan bajo. Estoy de rodillas, sobando el cadáver de una hermosa mujer y excitado como nunca antes. No soy lo que creía ser. No soy lo que era. Jamás volveré a ser la misma persona. Este acto acaba de condicionar mi futuro. Ya no podré mirarme al espejo y sonreír. Ahora me veré como un violador. El tipo que mancilló aquel cadáver desconocido.
    Abro los ojos.
    Me descubro babeando como un maldito adolescente.
    Soy un millón de hormonas fuera de control.
    Por momentos me descubro planeando la forma de meter el cadáver en casa y posarlo sobre mi cama. No quiero tener sexo con ella. Como ya he dicho, es más parecido al amor. Es deseo en estado puro. Algo enfermizo, esquizofrénico e indescriptible.
    Sacudo la cabeza con violencia. Me levanto de golpe.
    «¡Quítatelo de la cabeza!»
    Rebusco en el bolsillo de la chaqueta. Saco las llaves. Abro la puerta y entro en casa. Desde el otro lado, observo el cadáver. El instinto me dice que eche el cerrojo y tire las llaves por el retrete. Debo evitar la tentación. Si me dejo atrapar  moriré como ser humano y pasaré a ser un demonio de acero, alguien sin sentimientos.
    Vuelvo a sacudir la cabeza.
    Me dirijo al baño y me lavo la cara con agua helada.
    Saco de la nevera una botella de cerveza artesanal y doy un trago largo. Noto el amargor. Tengo el estómago tan vacío que enseguida siento un fuerte calor subiendo desde mis entrañas.
    No quiero hacerlo.
    NO.
    Sin embargo lo hago.
    De nuevo ojeando el descansillo a través de la mirilla.
    Ella parece estar esperándome con ansia. Puedo leerlo en su aura. Sé que no es posible. Me lo digo una y mil veces. Pero no me creo. Son excusas. En realidad mi único pensamiento está basado en la locura. Quiero pasar la noche con ella.
    La visualizo en mi cama.
    Cadáver, cama; hermosa dama helada, alcoba.
    Cortaría mis venas en este preciso instante si supiese que el destino nos tiene reservado una eternidad de pasión en el infierno. Sexo desenfrenado en las catacumbas de la soledad más angustiosa. No me importaría lapidar mi vida y cometer el mayor acto de podredumbre humana que existe.
    Saco el teléfono y vuelvo a marcar el 112.
    De nuevo se frena mi dedo al marcar el icono de llamada.
    Me encuentro bloqueado, encerrado en una fantasía que no puedo borrar de mi cabeza.
    Pasan los minutos. Saco otra cerveza. Fumo un cigarrillo tras otro. Mezclo el tiempo con Jack Daniel’s, antidepresivos y más cerveza. Después de cuatro horas, en las que tan solo una hoja de madera me separa de la enfermedad más vil y rastrera, el sol irrumpe tímidamente en la escena.




lunes, 23 de enero de 2017

Las flores sangrantes de Cabezuelo





Gracias al destino, y mucho antes de que su salida al mercado fuese oficial, tuve la ocasión de leer A nadie le importa que sangren las flores, un poemario salvaje, fresco, realista y cruel. Fue brutal, una experiencia que volvería repetir una y otra vez. Me introduje en cada verso hasta formar parte del significado global de la obra —cosa bastante difícil en los tiempos que corren—. Siento que una parte de mí está representada en este trabajo tan especial —realmente bueno, en serio—. Su profundidad y realismo es sorprendente, digno de realzar. Puedo decir, con alegría y sin prejuicios, que se encuentra entre mis obras líricas favoritas.
    Aclaración: en esta ocasión no hablaré de la editorial. Es irrelevante. Nada han podido hacer que ensucie este increíble vómito antisocial.
    No dejes de leerlo. Hazte con uno de la forma que sea, y cuando lo hagas, préstalo, aconseja su uso, difunde, déjate atrapar, deglute sus páginas. No tiene desperdicio —siempre y cuando te guste el realismo sucio—. En el momento que empieces a caminar entre sus versos, te darás cuenta que ya no hay escape y acabarás por arrodillarte ante la cruda realidad de este peculiar diario de batalla: una catapulta de malas sensaciones lanzadas contra el papel en forma de cantos.   
    Realidad en estado puro, crudeza, melancolía: así lo defino. Narra el devenir de un poeta que se siente encadenado a los trenes, al trabajo, a la tristeza y al movimiento global. Palabras de un personaje que bucea en una enorme y poco higiénica taza del váter. Juan Cabezuelo, una lengua capaz de atrapar el amargor de una sociedad sometida al capitalismo y convertirlo en arte. 






miércoles, 14 de diciembre de 2016

Joker II (serie poética)





Vuelvo a cortarme las venas;
la sangre se disuelve en el agua
de la pila bautismal
y se convierte en gusanos.

Los recuerdos se detienen,
la imagen de ese niño muerto
se desdibuja en mi mente.

No estoy en comunión
con nada ni con nadie.
Tu mirada no tiene valor.

Ingiero diez pastillas al azar,
abro el Jack Daniel’s
y me lo trago todo.
Intenciones autodestructivas,
objetivos fuera de plano.

Aviso:
No quiero morir de esta forma,
se trata de un experimento vital,
otra variante del dichoso camino.

El suicidio es un poema cafre.

Resolución:
La mejor iniciativa está relacionada
con la aniquilación sistemática
de todas esas voces ridículas
que entonan temas navideños (tristes).
Enterrar a los coristas es la propuesta,
y después, perderme en el bosque.

¡Al infierno con la falsa alegría!