martes, 18 de septiembre de 2018

Un ensayo sobre ciencia ficción que no llegará a nada I




Detalle histórico


The chemical wedding (1616), catalogada por algunos como la primera novela de ciencia ficción de la historia, escrita por el alemán Johann Valentin Andreae, es una historia fantástica relacionada con la secta de los Rosacruces. Lo que convierte esta obra en ciencia ficción es que se lleva la alquimia de la época al extremo, mostrándola en sus párrafos como si fuesen hechos reales.
    Ahora es cuando todo se cae y tenemos que empezar de nuevo. Muchos expertos dicen que, como la alquimia no es ciencia, enmarcar The chemical wedding como la primera novela de ciencia ficción es forzar demasiado la máquina. Quizás deberíamos quedarnos con Mary Shelley y su Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) como la primera novela de dicho género de la historia. Dejarnos de investigaciones, comernos todo lo que dicen y mirar hacia otro lado. ¿Por qué vamos a creer que Utopia, de Tomás Moro, novela corta publicada en 1516, puede ser el primer texto histórico al que podría catalogarse como ciencia ficción?
     

Lector novato


Fue gracias a Pórtico y su prólogo que ahora esté escribiendo esto. No porque en dicho texto hallase carencias, que no es el caso, sino porque dentro de las distintas sagas de las que habla Miquel Barceló me faltaron algunas muy importantes, lo cual me llevó a pensar en el maravilloso género de la ciencia ficción y su amplitud.
    Mi mapa de género es muy sencillo, y como todo, tiene un comienzo. Todo empezó con Bradbury y sus Crónicas marcianas (1950). Mi yo adolescente sujetando el libro y pensando en exploradores espaciales diseñados de un modo humorístico. En ese instante no me plateé el libro como lo que realmente es, una sátira irreverente y mordaz que abarca temas como  la guerra y el impulso autodestructivo del hombre, el racismo, y la pequeñez del ser humano al frente de la naturaleza o explorando el universo.
    Desde aquella primera novela hasta la última, incluido un intenso estudio y una gigantesca lista de trabajos aún sin leer, he añadido infinidad de títulos y tomos a mi librería. Sin embargo, como en todo, hubo un segundo libro de fuerte impacto en mi cerebro, y ese fue El fin de la infancia (1953), de Arthur C. Clarke. En ese instante decidí que debía zambullirme en la ciencia ficción, o literatura de ideas, y empaparme con sus historias.
    Enamorado de los viajes espaciales y el descubrimiento de razas extraterrestre me hice con Cita con Rama (1973) y 2001: Una odisea espacial (1968), ambas de Arthur C. Clarke y primeras novelas de sendas sagas que marcaron época.
    Arthur me llevó hasta Asimov y su Fundación (1951), y acabé por leerme la saga que marcó la década de los cincuenta.
    Cada año iba a más y me interesaban más temas. Quería conocer la distopía y me decanté por 1984 (1949) de Orwell, que sin ser un escritor de género, escribió una de las obras de culto más grandes de la literatura universal, introduciendo conceptos que aún hoy perduran y siguen introduciéndose en otras obras. Siguiendo un hilo similar, vinculado a la crítica sociopolítica y socioeconómica, cayeron Fahrenheit 451 (1953), de Bradbury, y Un mundo feliz (1932), de Adous Huxley. Para mi gusto es una triada que satiriza el desarrollo de la sociedad actual. Novelas que no pasan de moda porque los problemas siguen siendo los mismos. Trabajos eternos y universales.
   

Detalle histórico

 

El término ciencia ficción —mal traducido del  inglés: science fiction— nace en 1920, lo cual no significa que no existan obras de renombre datadas de tiempo atrás, como es evidente, que  se puedan englobar dentro del susodicho género.
    Gernsback, uno de los padres de la ciencia ficción, junto con H.G Wells y Julio Verne, fue el encargado de utilizar el término denominativo por primera vez y de forma consciente. Como apunte diré que William Wilson usó una expresión similar, de forma aislada, en el año 1851.

Gracias al cine


Como lector adulto enseguida me marqué un mapa de novelas que necesitaba leer dentro del género. Influenciado por las diversas adaptaciones cinematográficas me dejé llevar y decidí profundizar.
     Matrix me condujo hasta Neuromante (1984), de William Gibson; Blade Runner me llevó a ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), del gran influencer Philip K. Dick, autor de infinidad de obras con gran calado en el mundo del cine. Las adaptaciones de sus obras superan la veintena, y su influencia en otras novelas de renombre son diversas y claramente marcadas. Entre mis títulos favoritos destacaría El hombre en el castillo (1962), Ubik (1969) y Valis (1980). El autor publicó más de cincuenta novelas y un buen número de relatos. Como norma me leo una novela suya al año.
    Gracias al cine también conocí la obra de H. G. Wells, orientada a la crítica social y con un fuerte calado científico como eje principal de las tramas. En La máquina del tiempo (1895) toca el tema de la lucha de clases; en La isla del doctor Moreau (1896) y El hombre invisible (1897), habla acerca de los límites éticos de la ciencia y la obligación que debe tener el científico a la hora de actuar de un modo ético más allá del poder otorgado por sus descubrimientos; La guerra de los mundos (1898) crítica los usos y costumbres de la época victoriana, dominados por las prácticas imperialistas británicas.
    Sin Kubrick jamás hubiese descubierto La naranja mecánica (1962), de Anthony Burgess, que coge el relevo de Orwell y Huxley y continúa con la tradición británica de distopías.
    Starship Troopers (1959), escrita por Robert A. Heinlein, fue llevada al cine en 1997. Sin la película jamás hubiese conocido el libro, que a su vez me llevó a leer La guerra interminable (1974), de Joe Haldeman, y adentrarme en ciertos matices que relacionan ambas obras. Mientras que la primera fue tachada de pro-militarista, la segunda es defendida por muchos expertos como la respuesta antibelicista de Haldeman a Heinlein. Una especie de Góngora contra Quevedo.

Detalle histórico


Las tres leyes de la robótica fueron confeccionadas por Asimov. Su uso no solo aparece en sus obras, es un concepto de culto, algo que va más allá.
    Son las siguientes:
    1: Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
    2: Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley.
    3: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.
    En Robots e Imperio (1985) se explica la creación de una nueva Ley capaz de introducir un nuevo giro en la conducta de los robots.
    Ley Cero: Un robot no puede hacer daño a la humanidad ni, por inacción, permitir que la humanidad sufra daño

Sagas dominantes I


La Serie de la Fundación, del renombrado Isaac Asimov, es un conjunto de unas dieciséis novelas, escritas en dos fases diferenciadas (1942-1957 y 1982-1992), que dominaron la década de los cincuenta de un modo aplastante. A día de hoy son imprescindibles en cualquier biblioteca que se precie.
    Avanzando en el tiempo nos topamos con Dune (1965), de Frank Herbert, primera novela de la saga que comandó los sesenta, se montó en los setenta, continuó en los ochenta y murió en el año 2007.
    Pórtico (1977), de Frederik Pohl, abre la Saga Heeche, dominadora de la década de los setenta. Una novela maravillosa que narra el descubrimiento y posterior explotación de los avances tecnológicos hallados en una nave alienígena varada en un asteroide bautizado con el nombre de Pórtico. La saga está compuesta por cinco novelas y un relato.
    A mediados de los ochenta se publica El juego de Ender (1985), de Orson Scott Card, primera novela de la Saga de Ender, compuesta por once novelas y diez relatos cortos.
    En los noventa destacaría Hyperion (1989), madre de Los cantos de Hyperion, saga compuesta por cuatro novelas. Personalmente es una de mis obras favoritas. La magia de la historia reside en los personajes, los siete principales, pues cada uno de ellos cuenta cómo han llegado hasta allí y cuáles son sus motivos. Como apunte diré que, individualmente, cada uno de los relatos está narrado de una forma distinta, cambiando estilo y perspectiva.
   Ya en el siglo XXI, destacaría Ciclo barroco, de Neal Stephenson, saga constituida por tres volúmenes: Azogue (2003), La Confusión (2004), y El Sistema del Mundo (2004).  Repartidos en ocho libros.
    Guía del autoestopista galáctico (1979), de Douglas Adams, es la primera novela de la saga del mismo nombre. Conformada por cinco libros, y caracterizada por el humor que domina sus páginas, me parece una joya un tanto olvidada.  


***

viernes, 31 de agosto de 2018

Controlando impulsos ridículos




Me levanto de la cama
con ganas de mear
y voy directo al baño.
El chorro cae en el agua
con violencia, salpicando.
El sonido uniforme
produce un efecto hipnótico
en mi desgastado cerebro;
me quedo privado, ausente.
Con la vejiga vacía
decido mirarme en el espejo.
Soy el mismo perdedor de siempre,
un enfermo crónico.
Abro el grifo de la ducha
y espero a que salga caliente.
Hoy no va a ser un día especial,
como ayer, igual que mañana.
La misma mierda de siempre,
idénticas gilipolleces vacías.
Solo tengo que controlar
los impulsos ridículo
y nada irá a peor. 




lunes, 27 de agosto de 2018

Máquina de escribir imaginaria




Las estatuas de forja
retan al astro Sol
desde las cornisas
de Madrid Centro;
arrojan sus lanzas
de acero incandescente
contra los abatidos
y tristes transeúntes.

La urbe está podrida
de pies a cabeza…

Puede que todo esto
no sea más que un falso
escenario de cartón,
una mentira producto
de otra mentira
hija de una tercera
y ancestral mentira.

Somos el fruto
de una máquina
de escribir imaginaria.




sábado, 25 de agosto de 2018

Guerra absurda




Hace calor en el bus,
los chorretones de sudor
caen por mi cuello,
emergen de cada poro.
Parezco un jodido runner
de fin de semana.

El vagón del metro
es una región helada
de la tundra siberiana.
¿De qué va esto?
Quieren conocer a Bateman,
no cabe la menor duda.

Una vez en la calle
descubro que Madrid
amanece fresco.
Una pátina de polvo
de cemento decora
el camino a la celda.
El olor de la capital
es una mezcla de sudor,
dióxido de carbono
y bollería recién hecha.

El ascensor del curro
tiene tres espejos
y una cámara de seguridad
instalada en un rincón
(hedonismo pornográfico
nivel barriada bonobo).
Te miras porque sabes
que algún pervertido
está sentado tras su silla
mientras ojea el monitor
de la sala de control.

Entro en la oficina
y mi compañero (uno de ellos)
tiene la máquina de aire
impulsando a cinco grados.
Le digo que suba la consigna,
tengo frío,
pero pasa de mi culo.
Le digo que menuda
«guerra absurda»
tiene montada a lo tonto.
El tipo me pone ojitos
y sonríe de forma ridícula.
No lo puedo evitar
y grito de forma potente,
soltando toda mi furia.
Subo el termostato sin consultar
y pongo cara de asesino.
Su respuesta es inmediata:
agarra el mando y baja
la consigna de temperatura.
«¡Puta guerra absurda!»,
grito encolerizado.
Mis formas no son las correctas,
así que decido irme.

El mundo es hostil,
pero no puede con mi furia.