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J. Daniel Aragonés Cuesta

viernes, 28 de agosto de 2015

Blancura negra






Resuenan las incoherencias: los colores de la bandera son de acuarela, hueso fundido y realidad ahumada.
El paraíso de las guerras infernales se deja ver por las calles de la vieja ciudad. Los rayos de Zeus no son más que símbolos huecos.

La pureza se hunde en el pozo de los deseos oscuros.

Miles de salchichas alemanas, deformes todas ellas desfilan. Sus trajes se parecen, o igual es mera impresión, a ciertas vestimentas instauradas por aquel tipejo malhumorado de extraño bigote.

Blancura: oscuridad perfecta.

Amores perdidos en callejones de lujuria buscan viejos abrazos enterrados bajo el lodo de las prisiones hipotecadas.
El esqueleto del banquero supremo ofrece abrazos a muy bajo interés. Resuenan las incoherencias (sigo diciendo).

Se escuchan notas lúgubres y movidas.
Baila mi cuerpo… mi alma muere.

Los besos de la crisálida avanzan.
Tan solo uno de ellos, convertido en puñalada, es capaz de apagar la luz de la blancura para siempre.
No hablo de amor, es evidente; hablo de hecatombe y apocalipsis. Hablo del agujero negro que nos deglute y conduce hacia sus cálidas y virginales fauces.


No cierres los ojos esta noche.




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