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J. Daniel Aragonés Cuesta

martes, 29 de octubre de 2013

De vuelta al parque




   

    Las aspiraciones vitales se difuminaban de una forma humillante. La esperanza era humo, y la sociedad viento tempestuoso. Solo me quedaba la vulgar tarea de pasear cada mañana sin rumbo fijo. Me levantaba temprano, a las siete, desayunaba algo ligero y bajaba a la calle. Pasaba por el parque, allí me encendía un cigarro. Me relajaba echar el humo y ver como se mezclaba con el aliento del invierno; parecían bocanadas de almas blanquecinas. Quería ser humo gris. Atravesaba los callejones de las casas viejas y me adentraba en la calle Real. Me gustaba llegar al boulevard y fumarme otro cigarro sentado en uno de esos bancos de piedra tan incómodos y fríos. Los viandantes caminaban a toda velocidad, luciendo caras de zombi y ansiando unas vidas correspondidas. “¡Maldita rutina de mierda!”, pensaba. Cuando abrían el horno, a las ocho, me compraba una empanada y una lata de cerveza. Bajaba por la calle de la comisaría hasta llegar al parque de la Dehesa. Al llegar, sacaba la empanada del envoltorio y la devoraba mientras visualizaba la cerveza.
    Odiaba trabajar, me asqueaba es sistema. Los trabajos no me duraban ni un asalto. Tenía mis propias marcas: Un día, dos; tres semanas; un mes. A veces la cagaba en la entrevista previa. Mis relaciones laborales eran un auténtico y jodido desastre, odiaba a la gente vulgar, me horrorizaba la ordinariez atrapante. Eran mis ideales, y se veían de lejos, a kilómetros. Me indigestaba pensar en una vida normal, pero no quedaban vacantes en la zona de las iniciativas claras y palpables. Pasaba los días soñando con la solución. Cada día era una cosa distinta, aunque las fantasías artísticas predominaban. Me apasionaba hacer música y escribir letras, poemas y pensamientos; quería dedicarme a plasmar mis opiniones. Me veía como un artista incomprendido, como una mierda. Llenaba cuadernos con ideas y dibujos extraños; era una pasión, un no parar. Era un chico deprimido que cargaba con un cuaderno y un boli, nada más, un depósito de ideas provisto de un grifo. La oscuridad y yo éramos uno. Un chico bohemio, eso era. No solía tener mucho dinero. Sobrevivía como podía. Tiraba de ahorrillos, cobraba prestaciones o trapicheaba con drogas a baja escala, sin cantearme. En ocasiones tuve las tres cosas, pero también estuve sin nada, a cero.
    Abandonaba el parque después de haberlo atravesado por completo. En el trayecto me fumaba otro par de cigarros. Al llegar al lago, cogía el camino de los montículos y entraba de nuevo a la ciudad. Solía hacerlo a la altura del pabellón Miguel Delibes. A las once me daba una vuelta por el único centro comercial que atesoraba la ciudad. A esa hora ya me había fumado ocho o  diez cigarros y algo de hachís. Tenía que prepararme, entrar al centro comercial era la prueba de fuego. Veía a las cajeras, a los reponedores, a los engreídos encargados de postín, a las marujas repelentes, a los guardias  de seguridad con complejo de dios, a las dependientas que se creían modelos, a los niños que no iban al colegio, a los gitanos y toda la fauna inclasificable que recorría los pasajes del enorme comercio.
    Eran las mañanas furtivas de la debacle y los paseos interminables. El viaje de la anarquía. Pero todo tenía una especie de final. A las dos volvía al parque. Siempre había colegas a esa hora, y ocupaban el mismo banco. Casi todos fumaban hachís, y muy pocos eran constantes en sus vidas. La mayoría estaban en el paro. Era mi gente, mi auténtica gente. Allí pasé los días más alegres de mi vida. Compartí mi alma con toda esa gente perdida.
    Estábamos perdidos, pero éramos felices compartiendo nuestra basura diaria.

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