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J. Daniel Aragonés Cuesta

miércoles, 23 de octubre de 2013

Una realidad

Estoy aquí, incrustado en este jodido taller, anclado a una silla de escritorio, frente al ordenador. Estoy optimista, soy un ser feliz que lucha por mantener el buen humor.
Estoy aquí de nuevo, cargando con la sensación de no haber salido del trabajo en siete días. Aquí, entre cuatro paredes y rodeado de personas odiosas, maleducadas y cabreadas.
No quiero hablar mal de nadie, pero no es por falta de ganas.
Para que exista armonía hay unas normas básicas.

En vez de proteger tu territorio como un jodido depredador hambriento y sediento de sangre, abre el campo de juego, busca otros depredadores y diviértete (está comprobado que el buen rollo es fundamental).

La claridad, la franqueza y utilizar una forma directa es muy importante.

Ayudar a los demás abre un camino interior, y esa ayuda tiene que salir de uno mismo, no vale que te la pidan. Ayudar es bueno para la mente.

La cordialidad y la educación tienen que estar por encima de todo. Nadie quiere formar parte de un grupo asqueroso.

En la diferencia está la clave. Debemos comprender al compañero y juntarnos con aquel que sea afín. Los jefes deben de hacer buenos grupos de trabajo, no se puede juntar a un lobo con un cordero.

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