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J. Daniel Aragonés Cuesta

domingo, 27 de julio de 2014

Ardientes colinas inexistentes



El infierno sigue donde lo dejé. Es el cielo el que no hace acto de presencia. Y por más que lo he buscado no he hallado su existencia, o siquiera un indicio de ella. Sin embargo, en el transcurso de la búsqueda he frecuentado infinidad de lugares, y todos tienen un pequeño rincón que representa el infierno, sin excepción. Algunos son un rincón diabólico en sí mismos, lo admito. He estado en antros de perversión, lujuria y sangre, locales capaces de herir la sensibilidad y crear traumas incurables, y en ninguno de ellos me he topado con un rincón que representase el cielo. Pertenecemos al infierno, solo hay que reconocerlo y seguir la marcha.

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Marcar una meta en el horizonte es una mentira mal llevada. Prefiero vivir el presente y exprimirlo al máximo. Y con esto no me refiero a un suicidio programado. En mi caso, escribo para sobrevivir, es mi presente. Lo hago para expulsar mis males. Soy un personaje de ficción, y cuando escribo en primera persona me traslado al papel. Convierto lo que veo en metáforas, en relatos sangrientos, anécdotas casuales y absurdas o poemas oscuros. Opino lo que me da la gana, y tengo mis propias normas. Abarco la cantidad de cuestiones que veo oportunas.

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Vendo mi propia obra. A veces son novelas, otras poemas, y en raras ocasiones, relatos. Aunque no siempre las vendo, también ofrezco mis letras sin pretensiones, exponiéndolas en internet o regalando algún ejemplar firmado. Es un todo, no soy cruel; simplemente escribo con la intención de ser leído. Aquí es donde aparece el tema de los rincones que representan el infierno, en el trato personal que debo llevar con otros seres, sobre todo un modelo de SER en concreto. Nadie está contento con nada. La gente se queja, maldice, revienta. Existe la gente feliz, no lo discuto, pero en todas nuestras mentes existe ese maltrecho rincón infernal, sin excepción (y me repito). La metáfora se puede transponer donde se quiera o desee. El mal reside en nosotros, y la fatalidad, y el ansia de poder. No importa la medida, todos poseemos alguna cualidad infernal. En mi caso, el hecho de venderme, porque así lo veo, me pone en una posición que va en contra de mis principios, y eso me altera. Soy un chupasangre renegado, un demonio que aprieta la mandíbula para no matar.  Cuando salgo a la calle y me expongo ante los posibles lectores, veo sus tinieblas, puedo hacerlo, llevo muchos años buscando la luz y ocupando un hueco en el infierno, no me pueden engañar. Veo las tinieblas ajenas, escondido entre la maleza. La gente escapa de lo desconocido y se deja llevar por los bonitos anuncios que infectan el planeta, y no les culpo por ello, el veneno está en nosotros. Por todo esto, me da asco salir a la calle con la idea de vender mis libros, de ahí que haga a mi modo, siendo agresivo con los estorbos humanos que cría esta sociedad. Me quito de encima a los NO lectores tóxicos. Y no penséis mal, acepto la crítica y aprendo de ella, no van en esa dirección los tiros. Se trata de ciertos personaje que, no sé cómo explicar, son obstáculos ridículos; personas que están en el planeta para comer, insultar, pisotear a sus iguales y morir de asco. Leen a escritores de renombre y molestan haciéndose los interesantes. Por suerte, físicamente no suelen presentarse, aunque con alguno me he topado, solo actúan de forma virtual, anónima o por terceras personas. Son la mayor basura que existe. El mundo es un anuncio destinado a esos SERES.

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Relacionan mis escritos con la locura, la tristeza, el infierno, el apocalipsis, la crueldad y un largo etcétera muy parecido. Algunos se escandalizan y alejan de mi obra, y no les culpo. Puestos a no generalizar, diré que, muchos de estos personajes alejados, se ven tan reflejados en lo que leen que se dan miedo. Hay muchas realidades, pero la más voraz vive en nosotros.

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Me gusta describir cómo abro una lata de cerveza y me la bebo. Pero no lo hago al ritmo de mis personajes. Tampoco soy un asesino despiadado (creo). Me siento a escribir y disfruto, ya está. Intento hacerlo cada día un poco mejor. Procuro soltar mi furia. Plasmo las fantasías que salvan mis tediosas jornadas y me preparo la cena. No hago esto para complacer a nadie, y no voy a ser un ogro, me encanta saber que hay muchas personas a las que les gusta mi obra. Gracias a esa gente me siento un poco más vivo. Somos muchos los que conocemos el infierno. Somos muchos los que subimos cada día a las ardientes colinas inexistentes.


    El cielo puede esperar.



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