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J. Daniel Aragonés Cuesta

sábado, 28 de noviembre de 2015

El Callejón de la Rata





¿Qué lleva a los hombres a la ruina personal? ¿La codicia? ¿El hecho de no querer entender? ¿La ignorancia? ¿El yugo planetario? Solo la Rata lo sabe. Ella los ve caminar sobre el asfalto, con la cabeza gacha, arrastrando sus pesadas cadenas emocionales, sus grilletes sociales y toda esa bazofia impuesta. No se dan cuenta que no son los actores principales. En su inmensa mayoría, el papel que desempeñan es tan mediocre que desprende un olor profundo, pútrido y patético.
    ¿Quién soy yo? Un tipo en la ruina más profunda. Perdido. Melancólico. Herido en cuerpo y alma. Hundido en un pozo oscuro, gélido y desangelado.
    ¿Qué busco? Nada.
    Estoy en el Callejón de la Rata, perdido en Taimado, la otra ciudad del pecado, escondrijo de culpables y nido de futuros delincuentes; patria de perdedores sin principios; hogar de millones de personas que no saben cuál es su efímero cometido; tumba de soñadores incapaces de dormir; purgatorio de cadáveres que añoran una vida nueva. Camino por el callizo, me adentro en sus fauces y observo. Las penumbras dominan la escena por completo, lo cual, no ayuda, pues me encuentro borracho. Todo me da vueltas, muchas vueltas, sin embargo, lo puedo ver con claridad. En la pared del fondo hay un enorme contenedor metálico, lo llaman el confesionario de los roedores ruinosos, morada de la Rata. ¿Qué hago? Entro sin dilación, sin mirar, y me arrojo sobre un gigantesco cojín lleno de manchas. Saco la bolsa de papel para borrachos ruinosos, giro el tapón de la botella que hay en el interior y apuro todo el whisky de un solo trago. Trinco los bártulos de fabricación artesanal y me preparo un cigarro. Lo enciendo y absorbo humo.
    Vuelvo a explicarme entre puntos y frases sueltas. Así es mi vida.
    El interior no es más que una caja vacía de metal oxidado, llena de charcos y carente de olor. Solo existe el cojín, el pútrido cojín que marca el comienzo de la ruina —eso parece, al menos—. El habitáculo está dividido por una plancha de acero repleta de agujeros. La luz es tenue al otro lado, pero lo suficientemente fuerte como para iluminar todo el cubículo a través de los agujeros.
    —¿Buscas la ruina personal? —pregunta una voz desde el otro lado.
    Por mi parte ni siquiera me sobresalto. Simplemente me limito a contestar con naturalidad.
    —La vivo, no la busco —digo.
    —Si la vives la buscas, eso es así. De cualquier otra forma tú no serías un perdedor, sino un perseguido —dice—. La Rata busca las diferencias, no las vive. Soy la diferencia, ¿entiendes, zoquete? ¿No sientes que tu vida se va por el retrete?
    —La verdad es que no sé qué hago aquí, ha sido un error —digo.
    —Claro que lo ha sido, ¿lo dudabas? Eres un perdedor pestilente.
    Tiene que ser la Rata. Y de ser así, es mi oportunidad. Necesito respuestas.
    —¿Qué lleva a los hombres a la ruina personal? —pregunto de golpe.
    La Rata contesta en el acto.
    Dice:
    —Lo que vemos está codificado. Traducir la realidad de una forma correcta no está al alcance de cualquiera, depende del intelecto, de la conducción de los pensamientos. —Se pausa—. Si al menos los medios informativos fueran imparciales, pero no es así, se dedican a difamar. Difunden mentiras. Por lo tanto, depende de las gafas de cada uno. —Las luces se apagan lentamente. La oscuridad total se hace con el espacio. Tan solo brilla el cigarro—. La ruina nació en el Neolítico. Entonces abandonamos la senda libertina de la destrucción compasiva y lo empezamos a hacer por placer, deliberadamente y desde nuestros artificiales reductos de odio. —Se escucha una risa aguda y siniestra—. Dejamos de ver la realidad tal y como era y la transformamos en ciudades llenas de personas grises y vacías; en chimeneas; en animales muertos; en comida pudriéndose al sol. La humanidad moderna es el camino de la ruina. —La risa se intensifica—. El humo de la industria es la ruina. La superproducción. El Capitalismo es la ruina. El odio. El desamor. Las flores pisoteadas son la ruina. Tu visita. El aire que respiramos. Las empresas esclavistas. Despreciar la diferencia es la ruina. Los cerebros agujereados por las drogas son la ruina. El dinero. Las religiones. Las guerras de intereses. Tus ideas retrógradas son la ruina. —Oigo su entrecortada respiración y de nuevo la risilla histriónica—. Y te lo dice una puta rata, la Rata. Vine al mundo a joder a los humanos, a decodificar sus señales subterráneas, a cagarme en sus normas, a quemar su paraíso ruinoso y vil. ¿Por qué? Porque sí, y punto…
    Todo se apaga. Mis ojos se cierran. El mundo se vuelve negro. Estoy de nuevo aquí, en el vacío, en el bucle, ahogado en la mentira. Piso la senda del perdedor. Correteo por el salvaje mundo de los sueños —veo a la Rata disfrazada de libertad, soy la Rata.  

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