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J. Daniel Aragonés Cuesta

jueves, 13 de noviembre de 2014

Tres Ochos: pedacitos de infierno



Un cenicero vacío.
Gaudeamus, el sendero que conduce al fondo de la última copa.
Irreverenciados en el ocaso (Dr. Irreverente colección. XXº)


Vuelvo a pensar en el humo, todo se parece a lo de antes; las ratas me susurran al oído, los niños se drogan, las viejas sonríen mientras observan sus braseros de picón y las manchas de la pared parecen caras opacas. Mundos imposibles.

Observo mi entorno y me doy cuenta de que llevo años dando vueltas en círculo. Piso el suelo metálico de un cenicero vacío y redondo, así de simple. Alguien limpió y se fue. Ya no hay rastro de la fiesta.

Pasé por aquí hace tiempo, pero el espectáculo ha mutado, todo lo acontecido ha servido de masacre emocional y se ha volatilizado. El sendero nace en un manantial de lágrimas negras y muere en un cenizal.

A veces no siento estar en el mundo normal, creo vivir en un lugar de fantasía cruenta, de oscuridad luminosa. Observo los rostros y veo más allá. No sé qué piensan sobre mí, pero en ciertas ocasiones las sacudidas intelectuales me avisan del peligro: no soy bien recibido en ciertas mentes, lo sé, aunque eso no quita adhesión al asunto, simplemente le unta un poco de animadversión tempestuosa.

Soy como el moho verdoso del pan. Soy ceniza volátil y apestosa.

Camino por la capital, hago acopio de cierta arrogancia y avanzo. Es temprano, quizás demasiado, aunque no es importante para mí, pues me gusta sentir el azote de la madrugada. Las camareras  están sacando las sillas que ocuparán la sombra diurna. Al fondo de la calle hay un bar abierto, diría que no cerró en toda la noche. Sobre una de las mesas hay un cenicero vacío. Todo está hecho un verdadero asco, todo menos el cenicero virgen.

Una alcantarilla se abre frente a mis ojos. Dos ratas hablan y mascan cables. Las muy putas sonríen mientras vigilan la entrada del cosmos subyacente. Enciendo un cigarro y carcajeo. No lo puedo evitar, necesito saltar al interior del húmedo laberinto.  

Escucho las voces de la realidad. Ahora lo sé, conozco la verdad. Muchos ríen cuando necesitan morder.

El agua estancada de la ciudad, alcantarilla social. La suciedad engendra vida bajo el asfalto.

Necesito respirar y dejar a un lado a todos esos tipos infectos y presuntuosos. La noche me aporta el abrigo necesario. No tengo miedo de perder nada. La tormenta alimenta mis emociones fangosas.

El sendero que conduce al fondo de la última copa  –quitapenas eterno–, el santo grial de las nuevas estaciones. Asomo la cabeza por el borde y me dejo caer. Gaudeamus.

Los pájaros empiezan sus matracas vespertinas. Sale el sol luciendo resaca primaveral. Nada parece anómalo.

Brilla por su ausencia el hilo musical subversivo, pero eso no debe importar, la mentira es un arma de doble filo.

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