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J. Daniel Aragonés Cuesta

jueves, 2 de abril de 2015

1. Un comienzo



Era agosto. Hacía calor. El maizal estaba alto y seco. El sol azotaba la zona, la bañaba con sus demoledores rayos. Sobre la caseta de los aparejos había un enorme cuervo, de apariencia risueña y tenebrosa. Se le veía bien ahí posado, con sus afiladas uñas clavadas en el anaranjado y ruinoso tejado. Impasible ante la adversidad del ser humano, ajeno a las normas, anarquista, altivo y lúgubre. Llevaba un mes en esa casa de hospedaje, y al único ser que creía empezar a conocer era a ese fatal cuervo errante y solitario.



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