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J. Daniel Aragonés Cuesta

domingo, 22 de marzo de 2015

Oscuridad interior





Al cerrar los ojos puedo verlos, dan algo de miedo, pero están ahí. Salen de la oscuridad y convierten el negror en un bosque milenario, en una caverna solitaria y baldía. Son una especie de monstruos descabezados, enormes. Los ojos no los llevan en el cuerpo, son algo independiente; globos anárquicos capaces de flotar en el aire. La primera vez que les vi me encontraba en una calleja oscura y sucia. Volvía de fiesta, iba algo borracho y desorientado. Me encantaba caminar por la ciudad a esas horas, en plena madrugada, fuera de mis cabales y de la ley. Era una noche de romper con la rutina, otra noche más. Noté su presencia a la altura de una vieja discoteca abandonada, en mitad del pasaje. Me quedé allí quieto, inmóvil, en silencio, y sin saber por qué cerré los ojos. Entonces les pude ver por primera vez, escondidos en la oscuridad, a la espera. Desde esa madrugada, y hasta hoy, están conmigo, y nunca me han hecho daño. Simplemente provocan miedo y crean el caos a mi alrededor.   
    Supongo que estoy demasiado acostumbrado a sus desplantes. Ya no soy consciente de su presencia. Son un apéndice más.
    En una ocasión fui testigo de su verdadero poder. Alguien me jodió y reaccionaron en su contra. Fue algo sucio y rastrero procedente de un viejo amigo, un acto de cobardía y envidia que me arrastró hasta un pozo existencial bastante desagradable. La jugarreta fue horrible. Pero ellos, los monstruos, nivelaron la balanza a mi favor. Todavía recuerdo el rechazo. Mis amigos me dejaron de hablar, la familia me dio de lado, la soledad se instauró en mi devenir diario. Fueron movimientos inquietantes y amargos. El traidor jugó con mi alegría y despertó a los monstruos. Fue sencillo, cruel y paradójico. A los pocos días, ese supuesto amigo se durmió al volante y casi se mata. El resto de implicados directos, uno por uno, fueron sufriendo las consecuencias de su actos. A la mujer del traidor, estando frente al tocador, se le desplomó el espejo. Las heridas de los cristales dejaron cientos de cicatrices en sus piernas. Otro par de amigos fueron absorbidos literalmente por un socavón en mitad de la gran urbe.  
    Les puedo ver y les respeto. A veces les escucho susurrar. Suelen estar tranquilos, y dan algo de miedo. Están ahí, sentados a mi lado. 

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