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J. Daniel Aragonés Cuesta

miércoles, 3 de agosto de 2016

La araña que salvaste, de Leonardo Finkelstein





Hace una semana que terminé de leerme La araña que salvaste, una novela de aventuras, catalogada como Porno-western, y ambientada principalmente en el Nuevo México de mediados de siglo XIX. Digo principalmente, porque uno de los protagonistas con más calado, el profesor Thelonius W. O’neill, comienza su aventura en Londres, y desde allí, debido a ciertos escarceos sexuales, casi más protagonistas que los propios personajes, pues sin ellos no habría historia que contar, nuestro querido profesor, al que no se le llega a querer en ningún momento de la historia, debido a su peculiar, lasciva, egoísta y cómica forma de ser, se ve obligado a partir hacia lo desconocido. Hablando en plata: la mete donde no debe y se tiene que embarcar rumbo a ninguna parte, hasta llegar de forma casual a Nuevo México.
    En paralelo, introducido inicialmente de forma magistral por el autor, está la figura de Barba-Towers, un párroco poseído por el afán de poder y control, que pasa su tiempo libre abusando de… Esto no lo voy a contar, paso. Prefiero que lo leáis, en serio, porque os va a enganchar desde el principio —y si estáis un poco locos, mucho mejor—. Por supuesto que tampoco hablaré de lo que le ocurre al profesor una vez llega a Estados Unidos, ni de la camarilla que acaba siguiéndole de forma insólita, ni de su temporada viviendo con los indios y follando como un loco, ni de los robos de diligencias. Solo digo que la novela tiene todos los ingredientes de un Western —cargado de sexo injustificado y borracheras, como tiene que ser—. Una mezcla explosiva aderezada con un grupo de personajes de lo más variopinto: putas, indios, pistoleros, agentes de la ley, curas salidos, y un travesti.
    Como único aviso, o cebo comercial, digo lo siguiente: No hay que intentar entender nada o sentirse identificado con los personajes, se trata de leer una historia realmente buena y disfrutar de cada pasaje.


La araña que salvaste me ha sorprendido de principio a fin. En primer lugar, por la forma en que está escrita, haciendo fácil su lectura. Podría catalogarla como novela veraniega, por ese ritmo tan llevadero y fresco, y ese humor que desprenden sus páginas. De cualquier otra forma, las escenas de sexo que se describen no entrarían tan bien en el cerebro. Porque todo hay que decirlo, es una obra explícita que puede herir la sensibilidad de ciertas personas —no es mi caso, al contrario; es más, a mí me encanta—. Destacaría las apariciones de Oso sin invierno, mi personaje favorito, y compañero del profesor.
    Obras comparables, bien por su contenido sexual, o por las dosis violencia y realismo: Azul casi transparente, de Ryu Murakami; Niños muertos, de Martin Amis; Menos que cero, de Easton Ellis. Pero vamos, siendo una persona que odia las comparaciones, diré que no tiene nada que ver, más bien lo añado para que algunos de vosotros abráis boca e intentéis haceros con un ejemplar como sea.





2 comentarios:

  1. Gracias por recomendar ésta novela que según a tu criterio y alabanza tal y como la describes, parece ser merecedora al lector.

    Besos todos, Dany.

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    1. De nada. Tengo permiso del autor para pasar su obra en formato electrónico.
      Besos.

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