miércoles, 28 de marzo de 2018

Pinceladas grises




Silencio. Quietud. Indiferencia. Pinceladas grises que arrastran malestar y sentimientos encontrados.
    Mutismo. Mímica. Metamorfosis. Sombras inertes capaces de sonreír sin motivo.
    Soy consciente del cambio a cada paso. Hoy estamos aquí y mañana nos vamos a la mierda, desaparecemos. Nuestra carne se pudre. Los órganos vitales son devorados por el demonio que nos gobierna. La transformación funciona así. No todo son risas en el edén de lo efímero.

Pedacito de realidad que no viene a cuento:
    Un caramelo de regaliz en la boca. Los cascos. Música sonando a todo volumen. Rock. Salivación excesiva. El resto de viajeros duerme. La carretera se consume bajo las ruedas del autobús.
    Las puertas laterales se abren. Acabamos de llegar al intercambiador de Moncloa. Caminata hasta el metro. Sacar el abono. Un saludo cordial al guardia de seguridad. Doscientos metros y tengo las vías delante.
    Subo al vagón. Miradas frías. Distancia existencial.
    Llego al trabajo en tiempo récord. Una vez allí, me planto frente a las puertas automáticas. Las miro y se abren. A veces pienso que tengo poderes mentales y soy capaz de mover objetos, pero no es así. Pongo el dedo en la maquineta de fichar. Dicen que lee tu huella dactilar, cosa que empiezo a dudar. Todos los días la misma mierda: poner el dedo, poner el dedo, poner el dedo. La maldita maquineta y sus manías. No quiere reconocerme. Soy el trabajador X.
    Tras una veintena de intentos logro que me reconozca y da comienzo la jornada de la marmota.

Desesperanza. Dulzura. Danza de lágrimas. Gemidos estridentes que consiguen llamar mi atención.
    Indiferencia. Sueño. Cansancio vital. Un infierno de posibilidades se abre ante mis ojos.




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