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J. Daniel Aragonés Cuesta

sábado, 15 de octubre de 2016

Peligro: frases sueltas



Me gustaría no tener que verlo. Hay dos niños jugando a quemar árboles. Y eso no es todo. Un centenar de profesores, todos en paro, se calientan las manos alrededor de un tocón en llamas. No hay nada que aprender. Ya está todo dicho, todo hecho, todo acabado. La esperanza se ha vuelto adicta a la heroína.
    Mala Praxis, escondida en el rincón más oscuro del parque más céntrico y visible, vende cerillas a menores de edad.
    ¿Ciudades? Guarderías de salvajismo más bien.
    Insisto: me gustaría no tener que verlo.
    Hay más gobernantes que personas. No existe la población mundial. Cada familia está compuesta por números, y cada número pertenece a una carpeta perdida. Somos el olvido de una nación que solo celebra logros pasados.
    Si tengo que ser sincero, leer a Henry Miller está abonando mis campos conceptuales —en estos momentos soy el caos, una partitura en blanco.
     No veo el mundo tal y como es, lo veo tal como es en realidad —y no me jodáis el matiz—. Los artistas plásticos han hecho un buen trabajo maquillando el vertedero. Ahora mi entorno parece un feo barrio de la periferia.
    Sigo viendo algo que no deseo ver. Cuarenta niños acaban de pillar cerillas a doña Mala Praxis. Las frases ya no caben. El desorden crece. Mirar para otro lado se ha convertido en deporte nacional, ¿o siempre lo fue? Da lo mismo. El fuego se extiende. La ciudad arde. Me gustaría no tener que verlo porque en realidad todo es metafórico. Un apocalipsis multicolor que actúa sin ser visto.
     Aclaración: en realidad hay un grupo de elegidos que pueden ver el fuego en su máximo esplendor.
    Continúo: la claridad se esfuma igual que lo hace la inocencia. No hay aprendizaje sin lágrimas. Si observo con detenimiento, puedo verlas: un ejército de ratas vestidas de militar cubre el decorado y barniza ciertas ideas retrogradas. Quieren crear una muchedumbre de seres ignorantes con síndrome de abstinencia.
    Pero no pasa nada.
    Los niños ya no podrán vivir sin fuego. Eso es lo importante. A fin de cuentas, la telerrealidad es el circo de nuestros días.




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