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J. Daniel Aragonés Cuesta

martes, 13 de mayo de 2014

El diario discontinuo del Sr. Humo. II



Palabras vacías.

¿De qué nos sirven las exquisiteces? ¿Para qué? ¿A qué ideales debemos agarrarnos? ¿Habrá vida después de la crisis? ¿Hay vida en el interior de la crisis? ¿Es real el momento actual? No existe nada seguro, o eso venden; se puede elegir, pero el escaso abanico de posibilidades es muy triste, únicamente destacaría la opción del bofetón libertario, y ni siquiera. Es una falsedad demasiado evidente, somos carne de rebajas, máquinas educadas para consumir y alimentar el sistema. Solo nos ofrecen contestaciones ambiguas y baratas, ya no hay confianza, no importan las preguntas. Esto es una pasada, amigos, una feria para cobardes. La sociedad está pasando a un estado involutivo bastante preocupante, al menos así lo veo. Hace falta que los pensadores saquen sus rifles de francotirador, se aposten en las azoteas de los nuevos horizontes  y exterminen a los líderes de la sinrazón (“es una metáfora”). Lanzo una pregunta, y mi respuesta correspondiente: ¿Existe un ideal? No se puede contestar a eso sin insultar a unos cuantos humanos. Hoy en día no se trabaja con unos propósitos firmes, la moral está destruida, los ideales divergentes están encerrados en las librerías del olvido, bajo llave; el imperio de la buena comunidad ha desaparecido, la educación ha cambiado de manos y los niños empiezan a saber más que los adultos. Y lo realmente triste es que hay seres que se alegran de lo que está pasando (monstruos de dos cabezas, en su mayoría), y dan palmas de alegría mientras rebozan sus culos contra elitistas sillas de escritorio robadas. Sí, he dicho robadas, y lo sé, da asco y pena. Es lamentable pensar que una parte de los cimientos está a punto de caer; atroz, se mire por donde se mire. Supongo que a estas alturas del relato no puedo ser exquisito, lo cual, contesta a una de las preguntas iniciales: no me sirve de nada ser exquisito, no puedo serlo, y hablo por mí, que debo morder y masticar carne podrida día tras día (en alguna ocasión me he visto obligado a tragar, pero no importa, conozco los peligros de esta cruel selva de asfalto, hormigón y acero). Sé lo que se puede y no se puede hacer, conozco las reglas básicas ofrecidas, y siguiendo esa línea antagónica que nos venden a punta de pistola, creo que es mejor abandonar el edificio y demolerlo, sinceramente. Empezar de cero. Y no voy a entrar en detalles maquiavélicos, hoy he emprendido el diario de una forma muy cruda, haciendo preguntas que no quiero responder y regalando imágenes destructivas. Debo pasar a otra cosa.

*

Voy a ir a por una cerveza (me gusta echar un trago al atardecer, es un clásico). Acabo de abrirla, es negra y huele un poco a regaliz. Siento el relax, la libertad, las ganas de gritar. La cerveza me transporta a otro mundo, me hace ver otras cosas, y no es por el efecto del alcohol, es por los recuerdos de unión que me trae, son una maravilla. Recuerdo pasajes de Bukowski, el único escritor capaz de darme la dosis necesaria de entendimiento. Viajo a lugares inhóspitos al dejarme arrastrar por la espuma. A la vez que bebo, escucho música y escribo, desaparezco del sistema. Entro en  una especie de trance caótico: viajes a través del humo, los llamo. Soy humo de chimenea, palabra vacía, luciérnaga sin pilas. Lo sé, parecen visiones extrañas, odios anquilosados, éxtasis emocional, sin embargo, se trata de la soledad de una persona con ideales firmes y tolerantes: mi soledad, el destierro deseado. No soy un ciudadano más, me veo distinto, y eso es algo que llevo en la sangre. Soy incapaz de conectar con mis semejantes, están en otra dimensión, lejos de mi infierno interior. Es una pesadilla que se repite año tras año: me intento acercar al grupo, pero por más que lo intento no lo consigo, estoy aislado de forma voluntaria, no pienso como ellos, no actúo como ellos. Es horrible, no estoy en ningún sitio, mi mundo es un vacío. La propia urbe es un enorme vacío, lleno de personas vacías y gritos sordos. Debe ser que no estoy tan solo como creía.  

*

Tengo un amigo que utiliza una metáfora que me encanta: habla de las ratas. Es maravilloso el concepto de las ratas. RATAS. El tipo define así a un determinado grupo de humanos: gente corriente, infiltrados, enemigos silenciosos. Es gratificante su compañía, la mi amigo, no la de las ratas.  Llevo un tiempo sin verle, y me apetece charlar con él, es salvaje, no se esconde detrás de una careta. Echo de menos encontrarme con gente auténtica, y con esto caigo en la misma mierda de siempre. Creo que voy a cerrar el diario.

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