martes, 12 de agosto de 2014

Argumentos de uso diario




De las bocas de incendios, ubicadas en la calle, salían grandes chorros de agua. Los niños jugaban, se mojaban para combatir el calor. El griterío era exagerado, pero a mí no me importaba, me resultaba gratificante disfrutar del caos infantil. Fumaba en la azotea, impasible, mientras observaba el alboroto veraniego. Era un momento especial, imborrable, repetido; un ritual rutinario que me hacía meditar e introducirme en mi mente. Bajo mis pies, a la sombra, descansaba una lata de cerveza bien fría. De fondo sonaba la música, mi música, no esa bazofia inaudible que ponían en casi todos los antros de la capital. Fumaba y miraba la calle, así de sencillo. Daba un sorbo de vez en cuando, y cuando se terminaba la cerveza, bajaba a por más y cambiaba la música. Me tenía enganchado el tema de observar desde las alturas, era la mayor inspiración posible, una maravilla. Pasaba horas así, embobado, expectante, con una sonrisa de oreja a oreja. Por las noches el panorama cambiaba por completo. Las bocas de incendio se cerraban, la gente sacaba mesas, sillas, barajas de cartas, tableros de ajedrez, cubos con agua y hielo repletos de bebidas para todos los gustos, aperitivos, velas y todo lo imaginable. Las conversaciones se sucedían, y el volumen de las voces iba subiendo, a cada rato un poco más. Algunos jugaban y bebían en silencio, pero eran los menos numerosos y los más interesantes. Los niños se iban a la cama, y los padres, junto con otros adultos y adolescentes desbocados, tomaban la calle. En la puerta del portal de las viudas, diez o doce viejas farfullaban, bebían cazalla y reían a escondidas; todas las noches igual, en corro, sentadas en sus sillas de madera consumida. Otras zonas estaban ocupadas por rumanos, otras por jamaicanos y así hasta recorrer el mundo. Era multirracial aquel barrio desubicado, y muy divertido y peligroso, según se mirase podía ser una cosa u otra. De madrugada sacaba mi cuaderno y escribía durante horas, entraba en trance y dejaba de existir. Después bajaba a la calle y me tomaba algo con los rumanos, gente auténtica y experimentada. Las mañanas las pasaba durmiendo, solía despertar a media tarde, preparaba algo de comer, veía algo en la tele, pasaba a limpio mis escritos y subía de nuevo a la azotea.


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