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J. Daniel Aragonés Cuesta

sábado, 9 de agosto de 2014

Una habitación en un hotel costero





Había sangre por todos lados, y el olor era muy peculiar, como a vinagre. No podía explicármelo, tenía que tratarse de una broma de mal gusto. Eché las manos a la cabeza, me apoyé en la pared del pequeño recibidor y respiré profundamente. Cerré la puerta de una patada, sin mover el resto del cuerpo, sin pestañear. La desesperación creció en mi interior, estaba siendo una noche muy larga y extraña. Miré la hora intentando no vomitar, era tarde, demasiado tarde, las cinco de la madrugada. La habitación me daba vueltas, la saliva se salía de mi boca, el ventilador del techo giraba de forma alocada, nada tenía sentido, ni siquiera mi vida. No sé cuánto bebí aquella noche, pero fue mucho, una barbaridad, y los factores se ponían en mi contra a cada paso. El suelo de madera estaba repleto de sangre, lo mismo que las paredes y la ropa de cama. Resoplé ante la aciaga visión, incrédulo, creyendo que se trataba de una alucinación. Pensé en varias cosas al mismo tiempo, y todas me llevaban a la misma inclinación: tenía que moverme, actuar. Y así hice. Dejé la pared y fui hacia el baño. Me lavé la cara, levanté la tapa de la taza del váter y vomité de forma involuntaria. Después corrí la cortina de la bañera y miré en su interior. “¡Joder!”, susurré. Había un cuerpo sin vida allí, se trataba de una bella mujer rubia, desnuda de pies a cabeza. Al menos pude contar veinte puñaladas. La sangre encumbraba la escena. Fue espeluznante. Me quedé absorto, hipnotizado por la salvaje escena. La borrachera se esfumó durante unos minutos, pero en cuanto aparté la vista del cadáver se intensificó de una manera alarmante. Me dejé caer sin querer, y lloré. El suelo de madera reseca de aquel hotel costero me sirvió de cama. No pude reaccionar. Dormí, caí rendido.

    Desperté con la boca reseca, dolor de cabeza y una sed de muerte. Me puse en pie y volví a mirar en la bañera. No fue un sueño, el cadáver seguía intacto. Abrí el grifo del lavabo y bebí morro, el agua estaba realmente asquerosa. Después fui directo al armario: lo abrí y me di cuenta del error. No era mi habitación, nunca lo fue. El corazón se puso a latir a toda máquina. La ansiedad se hizo conmigo. Mi cuerpo asimilaba por fin todo aquel entuerto, y para remate, una resaca descomunal reventaba mi alma. Estaba nervioso, sin embargo, sabía perfectamente lo que debía hacer. Cogí el teléfono de la bañera y una toalla grande. Mojé el suelo y borré mis huellas. Pasé media hora limpiando aquella habitación del infierno. Luego fui a mi verdadera estancia, me duché, hice la maleta y marché a recepción, para pagar y desaparecer. Entregué la tarjeta sabiendo que abría dos puertas, pero no dije nada. Fue algo rápido, nada de preguntas o charla barata. El chico del hotel me miró y dijo adiós mientras me iba. Tan sencillo como sesgar una vida. 

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