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J. Daniel Aragonés Cuesta

lunes, 5 de enero de 2015

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La sociedad, el individualismo del sujeto, el frío invernal, la codicia, la libertad oculta. Almas descarriadas del sistema. Políticos desquiciados, prepotentes y sin principios demostrables. Vientos económicos capaces de devastar sociedades enteras. Divergencia falsa. Todo fluía por las alcantarillas de un régimen devaluado e inútil. Las oportunidades no existían como tales, eran reflejos del pasado, flecos mohosos de lo que ya no sería. Miles de familias se debatían entre el comer y el dormir bajo un techo libre de goteras. Los niños jugaban, pero también pensaban en cosas de adultos; lanzaban piedras al futuro, se reían de las normas y meaban en latas vacías y oxidadas. Los gatos eran mucho más astutos. Las palomas expulsaban sus heces sobre el asfalto, sobre las páginas grises del diario de la niña que no dormía. Era la pesadilla de una crisis cruel, de una ciudad anclada en la adversidad. Y luego estaba la doble moral, algo parecido a una persecución entre lobos extasiados, voraces y con hambre de yugular. 



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