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J. Daniel Aragonés Cuesta

lunes, 2 de febrero de 2015

Doom






Ves un campo de minas, lo tienes delante. Eres testigo de la debacle, y te paralizas. Tu cuerpo se convierte en roca, en hielo virgen. Todos los que intentan atravesar ese maldito campo fenecen, pisan las minas y sus cuerpos se desintegran de forma anárquica. Tragas saliva. Tu garganta está seca. Durante unos minutos te paras a pensar, el tiempo no corre a tu favor. Lo sabes. Debes avanzar. Tienes que atravesar ese endemoniado campillo. Pero no eres capaz. Si lo haces puedes desaparecer del mapa para siempre, y eso no es buen negocio. Pisar una mina sería la mayor de las perdiciones: la muerte instantánea. Mejor morir de hambre, te dices. Entonces aparece un tipo borracho. Va haciendo eses. Se tambalea y murmura. Es una locura. El tipo bebe vino de un cartón, te sonríe y atraviesa el campo de minas como si tal cosa. Al cruzarlo te mira de nuevo, levanta el cartón de vino y te dedica un trago.

    Cuando no existe el miedo a la perdida todo se ve de otra manera.




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