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J. Daniel Aragonés Cuesta

sábado, 9 de abril de 2016

El señor oscuro





Una flecha de silencio atraviesa mi mente. Tras ella, un rastro de fuego anaranjado que funde el asfalto neuronal.
Siguiendo el trazo llegamos a un infierno repleto de almas pútridas, demonios huidizos y concubinas del atávico y acechante señor oscuro.

Miles de edificios en ruinas, antaño esplendorosos, se alzan chorreantes de sangre y fluidos de origen desconocido. De las ventanas emergen cuerpos convertidos en etéreos sujetos infernales: ideas muertas, antiguos recuerdos.

Los sujetos etéreos gritan despavoridos. Chillan. Las frecuencias de sus voces se unen en un bullicio estridente y soez. Es la música de las tinieblas, el sollozo de un perdón transformado en prostituta asexuada, carente de seña identificativa, la cual, te hará pagar por sus umbrosos servicios.

El ángel exterminador tampoco tiene sexo, y está al otro lado de la calle, como una sombra carente de cuerpo, a la espera de engullir a los falsos profetas, a los descerebrados, a los esclavos voluntarios, a los hijos de la conformidad…

Ha comenzado una cruel guerra. Cientos de flechas de silencio se cuelan en el infierno urbano de mi mente, ardientes todas ellas, dispuestas a terminar de una vez con mi existencia. Los arqueros de la discordia están al otro lado, frente a mis ojos, en el mundo gris de la fatalidad, tan idiotas como lo fueron sus padres y los padres de sus padres. Comandados por la estupidez.

El señor oscuro ocupa su trono de acero fundido. Indiferente. Dispuesto a ingerir el fuego de la discordia, para así avivar las llamas de la urbe infernal que rige. Para él no existe tal guerra.

Pero ellos, los arqueros, reflotan en el fango de ignorancia, y siguen lanzando fuego, y siguen recibiendo órdenes, y siguen marcando el final de sus tediosas vidas.

No existe el campo de batalla. Todo forma parte del infierno. Un lugar yermo cargado de imágenes aterradoras.

Los esqueletos de piedra caminan por las derruidas aceras. Algunos aún poseen pedacitos de carne consumida entre las costillas. Portan estandartes, viejas señales que ya no significan nada, y se retuercen de dolor. Ellos fueron arqueros una vez, hace mucho tiempo.

Las legiones lóbregas esperan la llamada del juicio final. Permanecen en silencio, atentas, alzando los filos romos de la crueldad más aplastante, ocultas en la trastienda del horror.

El rostro del señor oscuro es una sombra interminable, una amenaza envuelta en magma. Emite susurros, infrasonidos que hacen temblar los derruidos cimientos de la moralidad del mundo gris. Y os está esperando…




3 comentarios:

  1. cuando se es un genio, se es un genio, no hay otra, que bueno eres cabronazo.

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  2. Bueno, qué decir. Esto es una obra maestra. Me descubro el sombrero.

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