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J. Daniel Aragonés Cuesta

miércoles, 1 de mayo de 2013

El muelle arde






    Son voces absurdas, ondas ininteligibles y necias. Ellos hablan, son ogros malolientes a los que he decidido escuchar con precisión y somnolencia.

     
    Es una especie de aislamiento lo que sufro en silencio. Desde mi posición no veo ninguna rendija por la que poder asomar la cabeza o salir. La unión no es arreglo, al menos en este caso concreto.

     
    Los paquetes de madera echan humo negro tizón, están agrupados y enganchados a una grúa descomunal. Son introducidos en la bodega del gran barco de acero y hierro oxidado. Se los llevan de mi lado, se van…

     
    El entorno en el que me muevo apesta.  Odio etiquetarme, pero soy un jodido renegado atemporal. Ya no creo en revoluciones, voy por libre. Si es preciso haré uso de ciertas armas, al menos eso creo.

     
    El tiempo transcurre en aparente calma, pero encima de nuestras cabezas la tormenta crece y se alimenta. La madera del atracadero espera impaciente la llegada de los primeros rayos devatadores.

     
    Vuelvo a encontrarme con las ratas negras, están por todas partes, y me hablan. Vuelvo a pensar lo mismo, no existe el glorificado vergel. Las ratas son astutas y me conocen muy bien, saben que morderé el anzuelo, sin embargo, no saben cuándo ni cómo.

   
     Últimamente escribo sobre folios marcados con el sello de una empresa. Los doblo por la mitad y escupo palabras sobre las cuatro mitades. Supongo que no es un dato importante para nadie, pero me da absolutamente igual. Pasaré página.

     
    Cualquier momento es bueno para dejar atrás las miserias. No importa la índole del problema, solo hay que olvidar, remar y quemar. No existen los conceptos.

     
    Son demasiadas palabras, no soy capaz de agruparlas bajo el mismo contexto. El muelle arde, y a las palabras se las lleva el viento. Intento buscar una botella con un mensaje, un mapa de remiendos inmediatos, un boleto ganador, un caballo rápido y ambicioso; intento buscar la solución.

     
    Acoplo mis posaderas en la roca más alta del acantilado, sonrío y abro una lata de cerveza. El mar de lava está agitado. Las llamas son descomunales, y avanzan. El mundo se derrite y aplaude. Observar la hecatombe es algo curioso.  

Irreverencias anuladas

3 comentarios:

  1. Se me hace extraño no ver más comemtarios en este blog. Debe ser que se reservan para las páginas de casposos de mierda. Es la rehostia. Que sepas que tu obra me parece cojonuda.

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  2. Me encantan tus escritos, eres un máquina!

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